Bookmark and Share
El último día de la anterior semana, estuve ululando entre las tinieblas de la ciudad serpiente, medrando entre las entrañas de los seres de silicio, tratando de evitar el continuo monólogo, conversaciones entre los fantasmas que habitan mi cerebro. Ella, la sin par criatura había roto mi alma con una primera estocada de gélida indiferencia. La otra escisión en mi ser, el recuerdo penetrante de que por estas fechas el dragón padre se fue. Decidí entonces armarme Quijote, ensillar mi rocinante ruso y partir al caer la tarde, hacia el regazo del arácnido volcán nevado que estoicamente aguarda los latigazos de fuego de un verano asesino. Recalentamiento despiadado sufre la bella Gea, tal vez los causantes sean los hombrecillos-cosa esta sociedad del consumo que busca la felicidad en las “cosas”. Iba regodeándome con el paisaje andino que aflora virginal ante las lacrimosas ventanas de mi alma, oscura y olvidada, todos los glotones andinos vigilaban el elegante rodar de rocinante, la música penetrante y platónica que bajé del blip, del usuario de Ella, competía con los ronquidos de rocinante y los resuellos de Eolo que prometía darme feroz batalla. Será la octava vez que subo a la cumbre del arácnido nevado, en lo que va de este año, y ya espero recibir una nueva paliza del viento cargado de cristales de hielo filudos y temerarios –me decía.
Apeándome de mi corcel, con la calma que concede la idea de un suicidio que ayude a soportar la sin razón de la ausencia deDulcinea, enfundé mi cuerpo con las armas para la batalla contra Eolo, contra el hielo, contra todos los elementos, es decir a luchar en contra de mis fantasmas. De a poco, al arenal empezaron asomar montañeros, y gente común que ya no se asombran tanto, como antes lo hacían al ver que uno anda disfrazado y con la mirada críptica. Me faltaban las risas de los ahora ausentes compañeros de cordada MaquiDark y Patak, pero sobre todo me faltaba Ella, me fustigaba yo mismo porque de tanto verla hasta sus ojos ahora me eran esquivos, su indiferencia había trisado mi memoria. Empecé a subir engañando mi monólogo, de a poco los otros fueron quedando atrás, más adelante mis ojos se perdían en la inigualable belleza de la montaña que se presentaba en toda su dimensión orgullosa, hasta Eolo se rindió a su majestad olvidando así el castigarme con sus bramidos y resoplidos huracanados, y yo que me había puesto casco sobre la testa y malla sobre mi rostro esperando los embates de las mil agujas del soplador enfurecido.
Llegué a mi ritmo al refugio desolado, -endiablada carrera- diría MaQuiDark, -ritmo de mutante competidor con fantasmas-, acotaría Patak. La montaña recibía gustosa las caricias de millones de fotones prodigados por Helios, dejé mi macuto sobre el catre que recibiría mis huesos esa noche, y me lancé a llorar como Pacazo enamorado en los glaciares orientales. Qué belleza tan indescriptible, a mis pies el mar infinito invitaba a sumergirse en el abismo; arriba, la dorada cumbre insistía que suba para rumiar mi infelicidad metafísica en sus gélidos brazos. La fría indiferencia de Ella competía con los menos cinco grados centígrados del glaciar, retumbaba en mi mente la letra de una canción que creía dedicada para mí no, no puedo enamorarme de tí pero ya era tarde, luego sonaba la música de tardé en aprender a olvidarla 19 días y 500 noches, o mejor mil y una noches, así que estaba completo. El color del cielo cayó en mis hombros, encendí mi linterna Petzl y me encaminé hacia la guarida en la que velaría las armas hasta la media noche que partiría hacia la cumbre, a ver si allá arriba en la morada de los dioses y de los dragones se me aparecía mi bella hierofántida, o al menos su séquito danzando para mí.

El refugio vacío, qué suerte –me dije-, pero de a poco asomaron algunos novatos y guías montañeros, parcos ellos, solo atinaron a preguntar: ¿Subirás? , con un ¡Sí! seco y cortante respondí. Y ¿sólo?, asentí con la cabeza cargada de ilusiones y recuerdos, y acoté –como siempre. Ellos empezaron a dar rienda suelta a la lengua mientras preparaban “exquisiteces” para sus clientas, solo con los olores yo estaba repleto, hambre tenía pero de otra naturaleza, famélico estaba por no haber percibido desde hace días los aromas de mi sin par, y para ello no existe alimento mundano que sacie la hambruna del corazón. Me fui de inmediato a refugiarme en la funda de dormir, y allí, acurrucado mientras escuchaba maniáticamente los acordes de Campanella alternados con la cálida voz de la fémina Fabiana y su “JE T’AIME” pasé a la inconsciencia. Lo que soñé no puedo contarlo, es más, ni yo quiero recordarlo, hay cosas que uno mismo debe olvidar fantásticas ilusiones se hacen realidad, y el despertar dolorosamente termina con ellas, y la indiferencia de Ella y su ausencia cargan nuevamente mi alma.-¡Despierten al roncador!-. Gritaba algún luciferino guía de montaña.

Claro, el roncador era yo, me había dormido a panza rugiente a medias despierto del otro mundo regresé sonreído por la música que había estado rondando mis oídos No tienes corazón….Mejor no des detalles prefiero que te calles que me evites que te halague con piropos y verdades. Prometí dejar de roncar, o hacerlo despacito, y es que la envidia de quienes son incapaces de dormir en las alturas es aterradora, temí por un instante molerían con el regatón del piolet mis costillitas. Se apagaron las voces de las vocingleras teutonas, sus ataques de asma por los efectos de la altura deberían haber interrumpido mis sueños, pero no, abrazado a los aromas de mi Galadrina que la recuperé … sólo para mí, volví a dormir.

A media noche los pitidos del reloj me sacaron del ensueño, Ella no estaba, sonaba en mi mente El breve espacio en que no estás…Todavía no pregunté: te quedarás, temo mucho a la respuesta de un jamás… entonces con furia salté del catre e inicié el rito de armarme caballero de las montañas; primera capa un recién lavadito traje de polipropileno, segunda capa … al carajo no me chanto nada más, me pongo la tercera de Gore-Tex y listo. Lucho con las botas plásticas que no dejan entrar a mis patitas, se me acalambra la cadera tratando de meter las piernas en el arnés, tintinean los tornillos y mosquetones compitiendo por la mejor posición contra el grigri y el ocho, para qué diantres cargo con tanta ferretería si subiré sólo, encordado únicamente con la dulce Parca –me digo. En fin, es bueno maltratar a la bestia corpórea para que deje fluir al alma mientras se escala en estos parajes de bella soledad. Bájo las escaleras, y ya todos han seguido el rito de disfrazarse para ir en búsqueda de la cumbre, se detienen a mirarme y preguntan ¿y ya te vas?, ¿y no comes?. Meneo la cabeza y gruño feliz de adelantarme, salgo escuchando la frase -qué escuela la tuya- que dejó escapar Don Tito feroz. Rememoro para mí las palabras que en la gallada del Colegio Aguirre Abad solíamos decir, y que tanto placer causaban a MaQuiDark Moco teus, de teus momis school.

Eolo brilla por su ausencia, y las gigantes estrellas de la vía láctea vigilan mi caminar, poseído por los deseos de olvidar a quién penetró en mi corazón, azoto mi cuerpo con un ritmo despiadado, subo casi sin mirar la ruta, a ratos me paro y contemplo la bóveda celeste, y pienso que sería el más hermoso de los cenotafios que un humano puede pedir. Apago el monólogo constante recordando las notas de Campanella, llego al glaciar, y un poco extraño al viento que ha decidido dejarme en paz, porque al menos evitaría que sude tanto. Calzo crampones, los nuevos negro diamante ávidos guerreros deseosos de penetrar la virginal nieve de la madrugada. Si estuviera el señor Lovochancho estaría maldiciendo porque sus manitas estarían congeladas tratando de amarrarse sus arcaicos crampones, buena decisión tomó de ir tras la media montaña a tres cuartos de montaña. Piso fuerte y los crampones se aferran al hielo cual si fueran gecos, emprendo la marcha encomendándome aDulcinea, es un placer inenarrable ir por los vericuetos de esta bella montaña, sus formas sensuales y los seductores abismos se encargan de mantenerme despierto. Voy por entre los seracs y grietas deleitándome en los recuerdos que mi mente proyecta nítidamente, su primer beso.

De pronto los olores del averno, lugar desde donde el señor Lucifer añora el no tener condenados de altura, sino solo una murga de mediocres, son el aviso inconfundible de que estoy trepando por el flanco occidental al ojo del cíclope Yanasacha . Son las cuatro y media de la madrugada, la hora más fría, maldigo el no haberme puesto la segunda capa, mis deditos se resienten dentro de los guantes Garfield, continúo entusiasmado pensando que Eolo esta vez me ha permitido subir en paz, agradeciendo a la montaña que benigna se entrega total y completa. Ella, muestra sus encantos sin vergüenza sabiéndose bella y sin par, virginal por siempre, porque así es como se mantienen los verdaderos amores platónicos. Yo, su amante nocturno me sonrojo porque mi corazón ahora está dividido. Llego a su cumbre, el éxtasis invade mi ser, el gran Helios derrocha a placer abrazos fotónicos, me desprendo de la conciencia y caigo en estado ataráxico al contemplar las entrañas de este enorme volcán, su sombra se proyecta sobre el infinito mar de nubes que cobijan los páramos de la baja montaña, como terribles olas gigantes asoman los otros nevados y volcanes andinos, Los se muestran juguetones, los regordetes Corazón, Atacazo, Rucu y Guagua Pichinchas, Rumiñahui , Paso Ochoa y Sincholagua están bostezando, El Cayambe y el Antizana me miran recelosos mientras El Cotacachi duerme oculto en una ligera nube. El enorme Chimborazo reta mi instinto montañero cuidando que no se muestre completo el Cari Huairazo. El Capac-Urcu me hace un guiño desde el Obispo recordándome la reciente paliza que nos propinó a Lovochancho, Quijije, y a mí; en tanto que la mama Tungurahua amenaza con roncar, y el Sangay ha empezado hacer rosquillas con su eterno fumar.

Los hermosos ojos de Galadriel vienen a mí sin previo aviso y alborotan mi corazón, entonces canto para ella, Soy tuyo hasta la muerte, pero no aparece, a derecha presiento que pasa seductora, me ha dejado una cajita con su corazón de mar en ella encerrado. Miro a oriente y el inigualable Quilindaña me abraza y entona las coplas que el dragón Kantoborgy cantara sobre su inaccesible cumbre:

Amad la carne,
Al agua y al cuerpo
Amad al silicio
Al grafeno y al carbono
Pero no dejes de amar.
Sobre todo ama a Gea
A sus Dulcineas y a sus Nereidas
Que son sus jardines y montañas.

Tomado de mi libro, La rebelión del Silicio.

Bookmark and Share

Comments are closed.