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«La Tierra es la cuna de la humanidad, pero no podemos vivir para siempre en la cuna.»
Konstantín Tsiolkovski, físico ruso.

Astropollo, una criatura cuyas carnes podrían resultarnos deliciosas, aunque muy peligrosas para nosotros los bípedos depredadores que criamos por miles de millones “pollos” para alimentarnos a cada rato, con necesidad o no de reponer energías. Somos pues un parásito de los pollos, y claro, de muchas otras criaturas terrestres, marinas y de los aires. Los criamos en condiciones in-animales, aunque ellos en libertad no serían tantos por supuesto, tendrían dura competencia en natura, pero en espacios más abiertos; el humano los tiene en corralitos maximizando la producción y no su comodidad… así estresados van a parar entre las rebanadas de pan de McDonald’s.
El Astropollo, fue modificado genéticamente por el hombre para conquistar los espacios siderales, para explorar el cosmos, es ante todo un cosmopollonauta. Es prodigioso el avance científico y tecnológico de unos pocos sobre esta nuestra cuna el planeta tierra, aunque ello tenga al planeta en franca vía al deterioro. El Astropollo, creación de ciencia ficción del Dr. Freeman Dyson –muy influenciado por mi escritor favorito Don Konstantín Tsiolkovsky-, se alimenta de materia inorgánica de luenas y planetorides, para producir por ejemplo la presión de gas suficiente para moverse, es propulsión a chorro de un ser orgánico, producido por una criatura modificada genéticamente que soporta también las condiciones extremas de las afueras del planeta; y de paso, colecta datos y envía fotos para en algo saciar la curiosidad del ser humano.


Cuando estemos a ese nivel de ingeniería genética, bien valdría la pena intentar entonces extraer los “malvados genes”, que de a poco el hombre y su ciencia y tecnología va liberándose de la implacable ley y gobierno autoritario de la genética natural y su evolución; de los genes, que causan tantos traumas a la humanidad, o a una parte de ella, por ejemplo el deseo frenético de maltratar animales, cortarles su piel y verlos sangrar mientras en desigual lucha sudorosos y sanguinolentos se baten con … el torero. A la gente le gusta ver el dolor ajeno, es un morbo de supervivencia –a mí no me están flagelando…es al toro- no ha cambiado mucho el ser humano nos gusta el circo sangriento desde la antigua Roma. Algunos luego hacen ascos de la carne estresada del animal vergonzosamente asesinado en la falsa lid… !Ha! si fuera la batalla entre el hombre desarmado y el toro solamente…
Pero si de la fiesta “brava” nos escandalizamos hagámoslo pues también con el parasitismo del hombre moderno que cría otras especies por millones y en condiciones in-animales… peleas de gallos, perros, de humanos. Es decir, todas estas quejas son superfluas, en el fondo están temas como la de que el alma del ser humano sigue siendo la misma, y me pregunto:
¿Acaso no somos producto de natura? ¿No es ley natural que el más fuerte y mejor adaptado se enseñoree sobre el resto de especies y cosas? ¿No se sustenta en la misma ley natural la fantástica idea de un dios creador y destructor del todo y de la nada?

La intolerancia me espanta, o algo así pronunció el señor MaQuiDark ayer mientras degustábamos unos deliciosos bolones de verde, producto de las plantaciones de barraganete llenas de químicos que esparcidos con generosidad matan a miles de otros bichitos quienes también tienen derecho a existir… pero no están en la cadena del ser «superior»; además del disfrute de un café también venido de plantaciones enterradas en nubes de fungicidas, café con leche de las vaquitas que “cuidamos tanto”. Pero eso de intolerancia también, es relativo, me refiero que está sujeto a las leyes de natura, lo que es para unos intolerante para otros no. A fin de cuentas, toda esta sociedad humana se basa en reglas auto-impuestas y que evidentemente están fuera de las leyes naturales.

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