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Errante alucinado por entre los glaciares orientales del volcán Antisana, así es como me place estar, perdido entre la maraña de seracs y grietas que tientan ceder fácilmente a los invites de la bella Parca. Abajo a oriente se extiende la alfombra vegetal, húmedos parajes llenos de color y vida.
Por entre el espeso bosque tropical serpentea venenosa la víbora de asfalto, sobre cuyos ardientes lomos circulan los rechonchos de caucho y metal cargados de cadáveres de los antes enigmáticos y señoriales árboles de guayacán y romerillo. Cuerpos inertes que servirán para adornar los agujeros en la otra selva, en la de cemento, concreto y hierro, donde vive la especie dominante de este bello animal esférico llamado planeta Tierra.
Me recuerda la ominosa carretera que encarnado en cuerpo humano como estoy, debo bajar de las cumbres para perderme por otro tiempo entre los bípedos y su mundo fantasioso de la felicidad en las cosas.
Llego a la urbe de humo, hasta el corcel que me lleva hacia las montañas resiente el aire contaminado, me apeo de mi Rocinante Ruso, para de inmediato sumergirme en el universo virtual, aquel mundo donde los electrones saltarines simulan toda la infraestructura de la vida moderna en las redes sociales. Lo primero que salta por todos lados, con replicas al infinito es la gran sacudida que la bella Gaia se ha dado y con ello, como era de esperar, el sufrimiento de las colonias humanas, asentadas ya en demasía por todo el globo. Un sin fin de veces, la parroquia digital que me sigue, me ha enviado fotos y videos de tremendo sacudón. Los mensajes son muchos, uno de ellos de Don Kimo, quien con su quijotesco aspecto, se desembaraza mediante las letras, de sus temores y esperanzas, me dice que algo grande se viene, que un cambio profundo en la gente del planeta se cuece soterradamente entre los desequilibrios de las placas continentales. Supongo en el intento de Gea por liberarse de tanto bípedo depredador, podría ser que los pocos que sobrevivan en realidad retornen a la cordura y decidan hacer una vida más apegada a las normas de la sin par Natura. Dejando para la historia el comportamiento aberrante del hombre-cosa.

El resto de parroquianos digitales, entrando en la corriente novelera de una histeria que de a poco se va encendiendo en el planeta entero, dicen que se acerca el final de los tiempos, sacan a relucir las copias, de las copias… n veces copiadas de otros humanos que pronostican que el fin del mundo está cerca, porque así está escrito en calendarios de civilizaciones perdidas, en las profecías de santos y demonios. Nada de eso señores. Antes de que aquello suceda, podría ser más bien que primero debamos pasar por los tormentos que sufrieron los dinosaurios, o por las garras negras de una sencilla peste producto de un virus incontrolable, una bacteria mutante que feliz se nutra de los bacteriófagos con tanto cariño cultivados por los modernos centros de bacteriología herederos de Tivilisi. O una súper bacteria que engorde a sus anchas con los antibióticos de n generación, producidos por las farmacéuticas famélicas como siempre del dinero y del poder, empresas que viven de la degeneración de la salud humana. De seguro que el virus saldrá de un laboratorio experimental para la guerra, o de los protervos intereses de la industria químico-farmacéutica.
Se me ocurre que la peor pesadilla para este mundo “moderno” y tecnolátrico, sería que de un momento a otro todos los dispositivos electrónicos y eléctricos dejen de funcionar. Al cuerno con los carros , aviones, edificios inteligentes etc. todos ellos ahora con cerebros electrónicos quedarían paralizados, con ello los pocos árboles que sobre la faz de Gaia quedan, tendrían tiempo para limpiar el aire. Adiós a los cerebros de silicio que se nutren con la presión de voltaje que producen las centrales termoeléctricas, nucleares e hidroeléctricas, esa presión que obliga al flujo de electrones alimentar a los artefactos de la civilización humana. Esto será posible en cuanto el terrible Helios que con su fogosidad permite la vida en este planeta, se enoje y nos lance chorros desmesurados de plasma, los cuales en ocho minutos terminarían ionizando nuestra atmósfera, con una descomunal y horrenda nube electrostática que nos dejará sin satélites, ordenadores, telecomunicaciones, teléfonos móviles, sin redes sociales, y sin la maldita caja de la televisión. Todos obligados a sobrevivir.
Hasta que Helios enfurezca, podría la civilización humana entretenerse tratando de enfriar los corazones ardientes de las centrales nucleares, cuarteadas por los temblores de Gaia; divertirse inyectando barritas de boro para capturar a los escurridizos neutrones que saliendo a placer de las esferas de uranio medran por continuar un proceso de reacción en cadena en pos de derretirlo todo, y envenenar a la vida orgánica.
Pero todo lo dicho es pura fantasía, el bombardeo nervioso con fotos y videos de los terremotos, tsunamis etc. que sacuden a la tierra, recorren por todo el mundo de los ciudadanos digitales, antes igualmente existieron estos fenómenos naturales, porque vivimos sobre una corteza delgada que navega pesada e inestable sobre un núcleo de ferro-níquel fundido; pero antes no había la tecnología para enterarnos de todo al instante, y tampoco había tanta gente por metro cuadrado. Así que si se viene el fin del mundo, será en realidad el fin de la humanidad, o casi su fin, a no ser que el dragón Kantoborgy decida incinerarnos a todos cumpliendo así lo dicho en La Rebelión del Silicio.
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