Bookmark and Share

…el bando del pichincha

El título de este post parecería sugerir que voy tras el elaborado procedimiento de lógica matemática, pero no es así. Sencillamente se refiere al prolegómeno tormentoso que significó el intentar cerrar una cuenta bancaria.
¡Ring ring! Es el banco que llama para indicar que tengo una cuenta de ahorros que no he movido desde hace años, y que proceda a darle movimiento o que la cancele, pues hay costos administrativos de por medio, además me dicen que haga la finesa de hacer transacciones con el dinero plástico, la maledeta tarjeta de crédito. ¿Cómo cancelo la cuenta? –pregunté- como respuesta una seca frase: -acérquese a cualquier sucursal.
Que me tengo que librar de una buena véz de este bancucho del Pichincha –me digo- mientras voy de camino a recoger la cédula, papeleta de votación … y nada más se me ocurre llevar.
Caminando por entre las callejuelas de este pedacito de planeta cada vez más lleno de basura, polución, ruido infernal de los tropocientos mil autos que circulan por la urbe capitalina, y con cuidado de no ser atropellado, porque sepan ustedes que el peatón es peor que una rata, en esta ciudad, primero deben pasar los señores conductores de automóviles, las líneas cebra, semáforos y chapitas de esquina, no sirven para un carajo; los dueños de coches vociferan, pitan largamente dejando salir su frustración por no haber encontrado la felicidad en el carrito o en las cositas compradas a esta sociedad “moderna” y productora frenética de boberías… En fin, recibo otra llamada, del mismo banco moderno y de cifras envidiables dentro de la banca ecuatoriana, ahora me llaman para ofrecerme una nueva tarjeta de crédito porque tienen referencias de que soy un excelente comprador/pagador… que si prefiero también me darán una chequera; dejo que hable la señorita, su verborrea es interminable, pasa un minuto y dice –hola, aló ¿me escucha estimado cliente?…señor. Simplemente cierro la llamada, y ya no me como el coco tratando de entender por qué demonios los sistemas informáticos del banco del pichincha , todos ellos bajo integraciones con arquitectura de servicios (SOA), flujos con administración de procesos del negocio (BPM) Contact Center CRM etc…sirven ¡NADA!

Ya en ventanilla, la señorita me dice que traiga una carta que indique que quiero cerrar la cuenta tal y punto. Le digo que si la puedo hacer ese rato manuscrita. ¡NO! Es la respuesta seca. Me retiro, salgo a las calles llenas de humo, me dirijo a un sitio de alquiler de ordenadores para internet, hago la carta; regreso y la misma señorita recibe la carta, pide mi cédula original y copia, salgo a por la copia, regreso y se la entrego , pero ahora me pide la “cartola” . ¿Y eso qué es? –pregunto medio enrojecido- es la libreta original de ahorros –responde inquieta. Que no la tengo le respondo, entonces me pide que en el texto de la carta debo poner que he perdido la cartola. ¿Puedo poner en manuscrito en la carta y se la requetefirmo otra vez? –pregunto intuyendo la respuesta. Salgo nuevamente hacia el sitio de alquiler de ordenadores, cambio el texto de la carta y regreso al banco donde la susodicha teclea furibunda al tiempo que me dice –espere, que el sistema está lento. Ya lo sé –contesto- mientras trato de encomendarme a Lucifer a ver si me libra de esta pesadilla de una buena vez.
Señor no tengo su firma registrada, necesito actualizar los datos de su cuenta bancaria para luego poder cancelarla en el sistema –dice la ejecutiva bancaria, quien empieza a poner cara de burrocrata. Entonces en realidad yo no sospechaba los laberintos tormentosos que me esperaban a futuro. La tal actualización de datos era tan larga y llena de preguntas tan bárbaras, que poco faltó para que me pidan el ADN y una prueba del SIDA. ¿En dónde trabaja- no trabajo, ¿le pongo desempleado? –Haga usted la finesa- ¿Cuánto percibe de ingresos mensuales? –NADA –Señor, colabore por favor –dice la doña entrando en calor al murmurar atrevidamente un ¿de qué vive? –Está bien señorita, algo percibo del ciber-espacio póngale unos diez mil dólares mes. ¿Cuál es su patrimonio? –Tengo un Rocinante Ruso- ¿Y eso qué es, cuanto vale? – Para mí vale su peso en oro, pues me ayuda a huir de la ciudad , me lleva las montañas. Con eso la señorina estuvo a punto de mandarme fuera con el guardia; le explico que no quiero aperturar una cuenta ni una tarjeta de crédito que quiero librarme de tener relación alguna con el maldito banco del pichincha. Lo siento señor si usted no colabora actualizando los datos no podemos cerrar la cuenta –me increpa furibunda- Haga usted la finesa y llenemos el formulario del suplicio. ¿Número de teléfono convencional de un pariente cercano que viva en Quito? –No tengo parientes- Colabore señor, debe tener a alguien. –No tengo, así que le doy el de un amigo, si lo llama y le responde usted sabrá que hacer, porque es un solitario endemoniado, quien por seguro le dirá que no me conoce…se lo advertí. ¿Nombre de su contacto…amigo? Lovochancho.
Media hora después, me dice que hemos terminado, firmo el aberrante formulario, y al preguntar si con eso ya está cancelada la cuenta, responde que debo regresar en 48 horas, el bancucho verificará los datos y si todo está correcto entonces podré hacer una solicitud para cancelar la cuenta. Me aferro a la idea de que no puedo exterminarla a ella y a todo su banco porque iría preso, eso sí me prometo en silencio acudir de inmediato a los aposentos cavernosos del mítico dragón Kantoborgy, allá en la montaña Horcón, a la cual iré en mi Rocinante, y pedirle de favor que chamusque a tanto bípedo insufrible.
De seguro este bancucho, y todos, venden la información a las tiendas de cositas para el hombre-cosa, porque de dónde más los almacenes obtienen los datos personales, para llamarnos y atormentarnos con sus ofrecimientos de paquetitos de felicidad, que sigifican las ofertas para comprar pendejadas. Quejarse en la defensoría del pueblo, debe ser tan doloroso como llenar el formulario para cancelación de una cuenta bancaria…en el “mejor” banco del ecuador.
No sé, si regrese al banquito pichinchano en las próximas 48 horas laborables, si lo hago será para verificar una vez más, que el señor Muelabroka, ahora al mando de este pedacito de planeta llamado ecuador, tuvo razón al enjuiciar al banco del pichincha por su soterrada estupidez , por ser el banco del absurdo.Y he aquí otra vez recargado de energía, regreso para contarles el desenlace tormentoso que tuvo el sencillo hecho de querer cerrar una cuenta bancaria. Supongo recordarán el intríngulis relatado en la parte primera de Reducción al absurdo
Esta vez decidí acudir al bancucho, acompañado y resguardado, porque estimaba que todo terminaría en una buena camorra como en la época de las cavernas, es así como uno se siente al ingresar al banco pichinchano, una verdadera cueva llena de trogloditas. Fui a por Aqueronte y su primo Lovochancho, con su sola presencia de seguro las cosas se resolverían; los tres reunidos decidimos ir a por unos cuantos litros de brandy, quisimos entrarle al aguardiente reposado agustino, pero la tacañería de Lovochancho nos quitó la ilusión, -es que me quedan unos pocos galones- dijo entre dientes refunfuñando ante las carcajadas de Aqueronte.
Entonados emprendimos la marcha hacia los cubículos oscuros de un banco “moderno” emplazado en las callejuelas de esta ciudad que hace honor al humo; tres bípedos lanzados a la calle ya eran suficiente masa para hacer parara a los cavernícolas ciudadanos en cuyos cochecitos pretenden se les dé prioridad en el paso, mientras los humanos corretean evitando el ser aplastados, al tiempo que se tapan al menos una oreja, para evitar la salvajada del pito/bocina/claxon, o alguna palabrota, porque la otra mano la tienen en las narices, no rascándose, sino tapándose las fosas nasales para evitar el gas pestilente del mundo “moderno”. Pero todos felices en la ciudad de humo.
Entramos a la agencia del “banquito”, el guardia con cara de mal anochado, pues de seguro lo hacen trabajar las 24 horas, nos detiene, algo se incomoda por la mirada luciferina de Aqueronte. Es que no puede ingresar con armas, -dice el gendarme. Lovochancho ríe mientras pide al Aqueronte deshacerse de su puñal y la Smith & Wesson que trae al cinto. El mira con desconfianza al guardia, haciéndole saber que ni se le ocurra robársela, y me dice –este pendejo no sabe lo que tengo escondido. ¡Granadas! No, no, eso no tiene bromea Lovochancho.
De camino al cubículo de la señorina ejecutiva de cuentas, sentimos la mala vibra de su mirar de reojo, me ha reconocido, censo que su úlcera empieza a despertar. De uno en uno, por favor, nos dice, mientras le indica a Lovochancho que él es el elegido. Somos los tres, niña –acota Aqueronte quien se saca el sombrero y toma asiento. ¿Y todos desean cancelar la cuenta en el banco? Nosotros no cometimos el error de tener cuenta bancaria, celular o cosa que se le parezca, pero acompañamos en el dolor a nuestro amigo que quiere enmendarse y regresar al mundo normal –acota sonrojado Lovochancho, -si vienen a burlarse les ruego pasar a gerencia … ¡señor guardia! Cálmese guapa, amansa Aqueronte a la fiera salvaje con su mirada, solo queremos cerciorarnos de que el amigo no tenga problemas, nos contó que probablemente necesitaría de otros trámites, por ejemplo yo iría a por copias de cédula, Lovochancho ganaría tiempo haciendo cola, y así cada uno raudamente recupera su libertad. A no ser claro está, requiera de alguna prueba sanguínea del dueño de la cuenta –dice Lovochancho- quién recibe una tremenda mueca de parte de la señorina –no exagere señor, que aunque no pudimos confirmar los datos del dueño de la cuenta, porque su referencia, es decir usted mismo dijo no conocerlo, -es que pierdo la memoria a ratos- dice Lovochancho, mientras Aqueronte acota –solo cuando le conviene.
De por algún recoveco del bancucho sale la señora gerente, enterada supongo de tanto reclamo, suelta sobre el escritorio de la ejecutiva el documento de la cancelación final , firme usted, me dice calurosa, y luego vaya hacer cola que le devuelvan los diez centavos de saldo, retirado el dinero quedará cancelada la cuenta. Me siento como que hubiese ganado el Nobel, de física claro está, porque el de literatura se lo dan a cualquiera para cumplir con algún objetivo geopolítico. En trío le decimos a la ejecutiva que no haremos la cola y por diez céntimos peor –colabore señor, que sino el trámite no se completa- dice la gerente, entonces le digo que dono al banco el saldo a ver si mejora y salimos raudos antes que los ánimos se caldeen más. Presurosos cerca ya de la puerta, retirando las armas de Aqueronte, aún se escuchan los reclamos de la gerente quien ha entrado en colapso nervioso. Vienen entrando al banco tres cantarinas morenas; bellezas de ébano, cuidaos de hacer negocios con este bancucho, les advierto para entrar en confianza. Aqueronte las aborda de inmediato haciéndoles un invite engañoso. Vamos guapas que el amigo tiene un Rocinante, entre risas las doncellas me preguntan ¿qué es eso de rocinante? Vamos niñas que allá les muestro a rocinante que para todas alcanza … Sí acota Aqueronte, es ancho y largo … espacioso , y si no a repartirse con la Menta Glacial de Lovochancho. Uy pero con esa carita no da confianza irse solas con él, sonríen las muchachas al tiempo que vamos caminando hacia los Rocinantes Rusos.

Del bancucho obviamente ya nadie se acordó … solo de las Dulcineas que rondan en la mente y a veces no dejan perderse.

Bookmark and Share

Comments are closed.