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Hace mucho tiempo, tanto que la memoria distorsiona la realidad, las formas y los hechos, que Copuertantemu no movía su masa corpórea para ir en búsqueda de las nieves eternas, en pos de intentar encaramarse en la cumbre de un coloso de hielo. El inexorable transcurrir del tiempo, bajo los efectos de la modorra que oxida el esqueleto, causa en la mente imágenes muy lejanas a lo que en realidad es una montaña. La técnica de andar por el hielo, la de sortear las insospechadas grietas, fue casi olvidada por Copuertantemu -alias Chanchopangolí-, pero la memoria del cuerpo es quien sale al rescate, al aterrizar las alucinaciones y deformaciones mentales que hacen de la montaña un monstruo totalmente mutado en referencia al que conocimos, y con ello evita aparatosos accidentes. Es bajo esta nueva visión, que Chanchopangolí decidió enfrentar al Cíclope, a ese enorme volcán activo, en cuyo insondable cráter, y bajo la protección del oscuro cielo de medianoche se dan cita los últimos dragones, aquellos inveterados seres conminados por la bella Gea, a librar a este mundo de los bípedos depredadores. Rechoncha es ahora la figura de Copuertantemu, pero es un atleta en comparación a los bípedos que rondan como él, las cinco décadas de existencia. Y es que él, Chanchopangolí, se conserva gracias a los sufrimientos de la creación literaria, y a sus continuos andares por los páramos andinos en compañía del Dr. Catón. Yo, desde ya, deseo llegar al medio siglo, con al menos la mitad de la fuerza mental y física, que ha llegado este rechoncho animal psicobiodegradable. Con el recuerdo que hace años fijó de la geometría espacio-temporal del Cíclope, en su instancia cerébrica, decide ir a por su cumbre, mirar de frente su descomunal ojo, y atacarlo ferozmente hasta ollar su nívea cima. Su recuerdo, forma una montaña que ya no existe más. La acción tenebrosa del bípedo depredador del momento, las consecuencias de la búsqueda bípeda de la felicidad en los aparatejos tecnológicos, las modas, los perfumes, los autos, el autoengaño y la incomunicación, etc. Han causado la debacle de los hielos eternos. El primer reencuentro de Copuertantemu con el Cíclope, lo deja mudo, rabioso, peripatético, y con un sabor amargo de impotencia. El gélido Cíclope, ha perdido gran parte de su antes exuberante cabellera blanca -ya no es un dios polifemo, ahora es un arácnido-.

La montaña es otra, ha muerto la geometría nívea del Cíclope. Copuertantemu en su primer ataque falla, pues se pierde irremediablemente en la ahora inmensa morrena. Quiere treparse cuanto antes al glaciar, mas ya no existe. Ahora los prolegómenos de la ruta de ascensión, son un interminable arenal, en cuya parte más alta, deslumbra un glaciar, en avanzado estado de descomposición. Hielo negruzco y bañado en arena y rocas, hay por doquier, la nívea capa de hielo, ahora inicia mucho más arriba. Las condiciones han cambiado, el inveterado volcán se está despojando de su manto blanco, y todo demuestra que esta vez será para siempre. Chanchopangolí busca el paso, otea en todas direcciones, recorre los espantosos arenales, y no lo encuentra. Tan solo se encuentra consigo mismo, clama a los cielos por que los dragones venguen la ofensa del bípedo para con las montañas. El único que escucha sus lamentos es el escurridizo Krizófilax. Paralizado queda Chanchopangolí al ver al expulsado dragón. Krizófilax, le permite vislumbrar su descomunal lomo, le guiña el ojo, inunda el cerecate de Copuertantemu con esa vibración molecular que evita el uso de las lenguas humanas. Copuertantemu entiende, el miedo sede el paso a la excitación que causa las sobredosis de adrenalina , quisiera tener el poder de fumarce un full-speed , de sentir las endorfinas del palcer. Los dragones se comunican por medio de imágenes, tan vívidas que son captadas por todos los sensores del cuerpo de Chanchopangolí. El dragón ha deformado el espacio-tiempo para mostrarle el mundo que fue antes que el bípedo depredador tomase el control del planeta. Copuertantemu falto de costumbre en los parloteos con tales criaturas, se acomoda cual pangolí, en un remanso del arenal, y se entrega a pierna suelta a Morfeo. El paso acelerado del tiempo, y el mal genio del volcán, despiertan al gran roncador. Chanchopangolí decide que esta es una más de las ya innumerables salidas de engorde. Mira hacia el gran ojo, y le dice – (n+1) ya volveré – Inicia el tormentoso descenso, su falta de práctica se revela en sus entumecidas patas de tamal lojano; hace honor a su apodo de Gran Lamentador, y hecha pa fuera, interjecciones inenarrables, y con ello toma fuerza para el inevitable y eterno retorno. Quiere llegar a su agujero en Guangopolo, – a soon as possible- para enredar sus neuronas en alguna integral de segundo grado, y con ello aplacar la furia contra este mundo lleno de muertos vivientes. El inmaculado mundo eidético que reina la bella Matemática es su refugio, ese frío y perfecto mundo de los números, que también cautivo a Don Ernesto Sábato. Durante el descenso, del cada vez más extenso arenal, intenta alguna canción, Mediterráneo brota naturalmente, su pastosa lengua vibra y el comprimido aire se enciende con la penetrante letra. Le sigue una del gran Paco, y entre tanto tralalá tralalá, pierde piso y de bruces va contra las piedras del gran arenal, degusta el sabor mineral, muerde a placer un par de piedrecillas, ríe a panza rugiente por su torpeza, maldice brutalmente para no perder la costumbre. Sabe que un traspié de estos en otras condiciones , en algún difícil paso de roca, sobre cualquiera de los lomos de uno de tantos colosos andinos que ha escalado, le significaría como mínimo – hocico roto – sino pata o brazo quebrados, y claro, lo mejor, lo más esperado sería una muerte digna en medio de la intimidad de la montaña. Morir entre el cielo y la tierra, en medio de ese inveterado abrazo primigenio, entre las rocas el hielo y las nubes. La bajada por el flanco normal, es realmente una proeza, no por las dificultades técnicas, sino porque la masa de bípedos ronda, tal como lo hacen las ratas a sus pestilentes guaridas, alrededor del nauseabundo refugio de altura. Copuertantemu hace tripas corazón, pone expresión de mula taimada, baja la cabezota para no ver esa especie de grosería mundana, y arranca a buen paso. Embiste a la masa humana, de forma heroica, cada vez acelera más su paso, hace como el hermoso Tapirus Pinchaque, choque con quien choque , no regresará a ver. Llega agitado y sudoroso, pestilente como siempre, – tan pestilente que el mismo Aqueronte Dimitraque se taparía las narices- al lugar donde reposa su adorada Menta Glacial, trepa sus bártulos sobre los lomos de su Rocinanta, y emprende la retirada, no sin antes advertirle al Cíclope, que regresará exactamente de hoy en ocho. Su mirada de reojo hacia la cumbre del volcán le deja ver a Krizófilax, riendo a panza rugiente, y el tronar de su riza muestra claramente en la mente de Copuertantemu su próximo ataque en pos de la cima del moribundo arácnido.

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