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Aun el más avezado montañero, aquel que ha hecho respetables ascensiones, no puede evitar que aflore de su interior – para gobernar sus ideas y conducir su masa corpórea- el genoma de lo fácil.
Hoy, mientras degustaba un delicioso puro tobosino desde la negrusca pared occidental del cíclope, contemplé, la fallida ascensión por parte de dos bípedos, a la cara nor-occidental. El uno regordete y bonachón, el otro, enjuto y marcado por las heridas que deja la permanencia en las alturas. Los vi desde que aparcaron a su -Menta Glacial- sobre la regordeta pata norte del cíclope. Luego de aperase de la verde bestia cuadrúpeda, tardaron bastante en los molestos prolegómenos que significa el equiparse de esas varias capas de telas sintéticas que protegen al bípedo de las inclemencias que a estas alturas significan los soplidos y lloriqueos de Eolo. De seguro en sus sueños desean el traje perfecto para la alta montaña, quieren fervientemente disponer de una segunda piel, como aquella que el “ente racional” le provee a Kantoborgy. El regordete inició la marcha, no regresó ni un solo instante a mirar, si su compañero había terminado de enfundarse en el traje térmico, o si tal vez su pesado macuto requería de una repartición de contenido, evitando con ello el resquebrajamiento del lomo de quien lo carga. Llegó el regordete a posarse en la asquerosa caseta que sirve de refugio, pero a bien tuvo no ingresar, pues los vahos dentro de esa covacha son de una pestilencia inenarrable. No esperó ni 10 minutos a su compañero, y emprendió la marcha por la ruta, que él pensó, lo depositaría sin ningún esfuerzo, al pie de la rampa que lo llevaría en línea directa al ojo del cíclope. Cuando alcanzó el glaciar nor-occidental, las bajas nubes me ocultaron su graciosa figura, así que no puedo afirmar si se mantuvo esperando por su amigo los 40 minutos que a voz en cuello reclamaba, o si se la pasó roncando al cobijo de una gran roca.


El otro montañero, luego de poner sobre sus lomos el pesado macuto, pateó fuertemente las cauchosas patas de la -Menta Glacial- probando así que el animalito se mantuviera firme en su posición, y no se le antojara ir a por las aguas que refrescan las zarpas del Dragón Rojo, allá mucho más abajo. Subió rápidamente, pasó sin mirar la pestilente construcción bípeda y se trepó en el lomo del arenal pedregoso que marca el inicio de la directísima ruta norte hacia el ojo del cíclope. Parecía preocupado de no ver a su regordete amigo, de seguro se le haría raro que estuviera tan adelantado, pero como la visibilidad era realmente mala, y el rugido del viento lo mantenía ensordecido, decidió avanzar hasta el gran serac, que marca la entrada al glaciar.       Al llegar y no ver ni huellas de su compañero, se sentó a esperar, su inacción le estaba causando congelaciones, así que decidió descender un poco, y al hacerlo vagamente escuchó, los improperios y reclamaciones del montañero regordete, el cual reclamaba por los 40 minutos de espera, y también por parte de su equipo de escalada. Ambos habían subido por rutas totalmente diferentes, el regordete presa del genoma de lo fácil, hinchado por su reciente conquista de la cima de la Tioniza, equivocó la ruta, se dejó llevar por los espejismos que causa el cíclope. El enjuto montañero, fiel a las rutas de gran exigencia, había escogido la ruta –rompe corazones- . Bajó a reunirse con el endemoniado regordete, cuando descendía un enorme arenal, se desprendió una descomunal roca, la cual enfiló en dirección al montañero regordete, con toda la intención de aplastar su atormentada humanidad, pero claro, al ultimo instante la reacción experimentada del regordete evitó que allí dejara su triste osamenta. Este incidente sirvió para calmar los ánimos, se esfumó el mal genio, desaparecieron los improperios, y la fallida ascensión se convirtió en una mera práctica de cramponear por los hielos de este cíclope que va para calvo. Es decir , este asalto al cíclope, se convirtió en una salida de engorde.

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