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Oberón planeaba sobre las inmensas estribaciones de la cordillera occidental, que caen a la gran charca terrícola llamada Océano Pacífico. Su mascullar metafísico se vio interrumpido al enfocar sus cámaras de video sobre una murga de bípedos en campal batalla. Eran los cielos tropicales de un candente Toboso, que mantenían a Obe espectador de tan detestable y pestilente comportamiento bípedo. Ya había oído hablar de la encarnación de Gogork en una asquerosa funda psicobiodegradable de apariencia humana, y de su reproducción sin control fundamentada en las artimañas de Ovóclavo, por ello entendió que los bochincheros pleitozos no eran más que la estirpe asquerosa y sospechosa de Gogork, es decir lo que los terrícolas ecuatorianos denominan Diputados. Habían cuernudos zánganos, que apaleaban a rastreras criaturas hembra, éstas descendientes de Gogork reptaban por el lodazal en terrorífica huida. Los zánganos macheteros lanzaban a diestra y siniestra coprolitos con brutal puntería.


Las hembras vociferantes, rescatadas fueron por las huestes de Muelabroka, armadas de prehistóricas armas. Palo y piedra a las Goras Rastreras, palo y piedra sobre la muchedumbre de zánganos, palo y piedra a los ejércitos de Muelabroka por defender lo indefendible. Los seres rastreros huyeron en las entrañas de un troglodita de hierro y caucho, gracias a los gendarmes terrícolas. Las Goras querían junto a los rastreros Gogorks, aferrarce a un carguillo de Diputado, valiéndose de las pseudo-leyes de la republiqueta Ecuatoriana, que dicen defender la democracia. El bochinche fue tierra fértil para los vocingleros, para los perio-verborreos, para engordar las ondas electromagnéticas que ametrallan como neutrinos las débiles neuronas del populacho enfurecido. Nadie ganó, todos perdieron, porque nadie son los dueños del dinero y de los medios de comunicación de este pedacito de planeta tierra llamado La Patria Ecuatoriana.

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