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Encerrado en mi cubículo de acero y cemento, de aquellos destinados para los cerebros que se entienden con el silicio, meditaba sobre la posibilidad de lograr la simbiosis perfecta con los circuitos electrónicos. Pero de pronto entré en un estado de ataraxia, recordando aquella vez en la que me convertí en una pequeña esfera de luz, un fotón, que viajaba más rápido que la luz, contradiciendo la relatividad restringida de Hans Koch, apoyado en aquel irreverente físico Magueijo en su teoría de la variabilidad de la velocidad de la luz. Recorría temerariamente el laberinto de tubos de cristal, sencillamente queriendo salir de este universo. Envidiaba a los neutrinos que traspasaban mi energía fotónica sin inmutarse, y claro, si al mismo acero lo traspasan como a mantequilla, si la misma Gea es ametrallada de forma constante en el tiempo por millares de estos fantasmas del universo.
Por momentos la imperturbabilidad se perturbaba, y recordaba que estoy encarnado, y mi instancia cerébrica volvía a meditar sobre las redes neuronales expandiéndose sobre pastillas de silicio.
El momento extático iba menguando, y con él también la concentración en las tareas encomendadas por esta borreguil sociedad de mutantes, era imposible retornar al placer cognoscitivo.
Ahora las draconianas criaturas que día tras día dictaban a mi mente las normas básicas del vuelo de los dragones, ordenaban loq ue se debía hacer y lo que no; más de repente esto también fue brutalmente apartado de mí. La melodiosa voz de un ser aparentemente terrenal logró definitivamente apartarme de lo que considero mi verdadero estado de cordura, y recordarme que estoy encarnado en un bípedo depredador, dentro de un mundo totalmente demente y desquiciado, esa voz al son de » mi ordenador no carbura» me llenó de espanto. Con paciencia San Martiniana, sabiendo que en los bajos de mi jaula, al menos pernoctaba la dichosa y perturbadora doncella, cuya melodiosa voz ayudaba a retornar a la locura de este légamo sub-urbano ,acudí presuroso a socorrer a tan hermosa criatura para librarla de los terrores del silicio, que poco gustan de los humanos. ¡Oh! sorpresa la mía, pues era de día, jamás había detectado la presencia de la doncella a estas horas, solo en las noches más oscuras y silenciosas, sus aromas llegaban a mi ventana, pero en el día, nada existía bajo mi cubículo. Con cautela ingresé en sus aposentos, traté de no perder la locura, escudriñando dónde estaría el vetusto y amotinado silicio, para enterrarme en sus entrañas. Pero el rostro de aquella doncella me devolvió la cordura envuelta en los aromas del neutrino.
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