August 16, 2007 | Publicado por: kantoborgy Leído 22741 veces. | Tell a Friend
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(FINAL)
La
      Meses después, ¿o un año?, Bienvenido recibió un paquete en su consulta. Al romper las tablas del envoltorio de madera se encontró con un artilugio moderno, que se acoplaba perfectamente a su silla de dentista: incorporaba éste, además de una potente lámpara (que, no obstante, no deslumbraba al paciente gracias al tipo de cristal de la pantalla, y porque los enfermos cierran siempre los ojos), un pequeño brazo articulado, metálico, rematado en una bandeja para los utensilios y los frascos que estuviese empleando en ese momento.


      Al principio, el doctor Esparival se quedó perplejo, sin saber muy bien qué hacer. No recordaba haberlo pedido. Rebuscó, con todo, en su memoria, por si acaso. Antes de devolver aquel aparato debía cerciorarse de no haber firmado ningún pedido. También era posible que se tratase de algún regalo, de alguna promoción. A menudo los prospectos de los laboratorios médicos estaban llenos de semejantes ofertas. Algunas de ellas ni siquiera había que aceptarlas ni pedirlas explícitamente: bastaba con que uno no las rechazase ni devolviese el sobre al correo para que se diesen por aceptadas, y entonces llegaban de sopetón, como un regalo. Hacía muchos años, cuando él empezaba (ni siquiera había puesto aún la consulta ni se había casado), Bienvenido recibió una mesita camarera plegable para las medicinas y el agua, precisamente por este procedimiento.
      El artefacto, por otra parte, era muy fácil de armar. En dos minutos se desplegó del extremo de la vieja silla, que traslucía una fina capa de polvo. Como era por la mañana, la casa permanecía silenciosa. En fin, se encogió de hombros y, sin prestar más atención a aquel juguete, salió a la calle.
      Lo primero que hizo fue bajar como todos los días, a la cochera, para arrancar el PEUGEOT, que en invierno pasaba temporadas cada vez más prolongadas inmovilizado. Satisfecho, fue a comprar el periódico y la lotería. El frío invernal de primera hora de la mañana flotaba aún en la calle. Aunque era lunes, un pequeño malestar, un dolorcillo en el costado derecho, le había aconsejado tomarse el día libre. Feliz y a la vez extrañado, ocioso en medio del ajetreo invernal, prolongó el paseo sin objeto, la mano en el costado, pensando en aquel artilugio.
      Muchas veces, en los últimos años, había recibido ofertas para renovar sus aparatos. Era sorprendente la cantidad de adelantos, la mayoría inútiles, que incorporaban ahora las consultas de los odontólogos. Cada mes salía algo nuevo. Las revistas y los prospectos se apilaban en un pequeño armario, la mayoría sin abrir. A él, además de no entenderlos, le daban risa y un poco de pena. ¿Para qué quiero yo eso? Ni siquiera sé lo que es, ¿para qué sirve? Para empastar un diente o sacar una muela no necesito armar aquí una estación orbital. Se sonreía, indulgente. Naturalmente, no negaba el progreso y nunca reconocía su asombro ni su desconocimiento de aquellos artilugios modernos, brillantes y complicados. Usted podría montar aquí una verdadera clínica, el respeto, el prestigio. ¿Qué tiene qué ver esto con el prestigio? Su argumento final para rechazarlos era siempre el mismo: sus pacientes ya se sentían bastante intimidados con aquel sillón giratorio: si veían más brazos y bombonas saldrían corriendo, horrorizados.
      Obviamente, los comerciales ya no volvían más. Jóvenes, mucho mejor vestidos y arreglados que él, desaparecían en sus coches de alta gama con sus cartapacios. En el último año no hubo ya ofertas. ¿Llevarían un registro con la edad de los médicos? Él podía haberse jubilado hacía un año, con el sueldo íntegro. Algo al menos, había tenido de bueno aquel viaje: Mercedes ya no le insistía en que se jubilase como antes. Perdido en sus reflexiones, el doctor Esparival se había sentado en un banco de la Carrera y contemplaba, embobado, las palomas. Un barre calles pasó regando el embaldosado. Al corretear, las palomas movían adelante y atrás la cabeza como autómatas. Abrió el periódico por la página de deportes. Un castaño enorme balanceaba su copa sobre él. Un viejo, un viejo de verdad, sacó un pañuelo de bolsillo, lo desplegó y se sentó a su lado.
      Cuando entró a su consulta, cerca del mediodía, sorprendió a Mercedes curioseando en torno al aparato nuevo. ¿Qué es? Se encogió de hombros. No debías comprar estos chismes, si no sabes para qué sirven. Yo no lo he comprado, sólo lo he puesto. Tiene gracia, sonrió ella enigmáticamente, y volvió al comedor desierto.
      Esa misma tarde, Damasito se colgó del nuevo brazo de la silla y lo partió haciéndose un pequeño rasguño en la mano con el borde. Ya ves para lo que sirve tu aparato, dijo Mercedes, cáustica. Bienvenido lo desmontó, lo envolvió con cuidado, esa misma noche lo tiró a la basura.
      Dos años después de este suceso Bienvenido se jubiló del Clínico. Guardó las clases matutinas en la Facultad como distracción, pero al cabo al terminar el curso siguiente también las dejó. Se confundía cada vez más a menudo; mezclaba unas cosas con otras; de pronto se quedaba en blanco u olvidaba un examen, una práctica de laboratorio, una disección; y se hacía un lío con los estudiantes, que ya no le reían las gracias pero se reían de él. Los estudiantes eran cada vez más groseros, analfabetos y zafios. Sus compañeros y su propia mujer, a la que preocupaban estas distracciones, lo animaban con el señuelo dorado de la merecida libertad. Siempre le quedaría la consulta privada. Por otra parte, el doctor Esparival, que tenía a gala no haber hecho nunca medicina negocio (en realidad no haber hecho negocio con nada), era odontólogo como podía haber sido neurólogo, urólogo o cardiólogo, por un puro accidente.
      Entregada al azar, su vida, sin verdaderos problemas hasta la fecha, lo había vuelto fatalista. El que ahora tuviese que dejar la cochera, por ejemplo, era en realidad algo que se veía venir, inevitable y ligado a acontecimientos aparentemente nimios e independientes, como por ejemplo la primera avería seria del PEUGEOT, el desencanto del viaje a Lisboa, o el despego de sus hijos y sus nietos con respecto al apartamento de Torrenueva. Todo estaba concatenado sutilmente: al no trabajar, de pronto, tuvo más tiempo para darse cuenta de que no le gustaba conducir; cada verano y cada fin de semana cuando hacía bueno y bajaban a la playa, su mujer, su cuñada y él, descubría su propia rigidez, su desagrado ante aquel apartamento vacío y silencioso, decorado con una mezcla de gusto tradicional y pop art. Ya no encontraba encanto en sus paseos, ni su café, ni su periódico de la mañana: las calles recién regadas le parecían sucias; aquí y allá afloraban los vasos, las botellas, las papeleras de la noche anterior; los vecinos, insolentes y extraños, murmuraban entre las macetas; la terraza donde obligaba a sus hijos a repasar para septiembre era un cubículo estrecho preñado de recuerdos exagerados, frente a una mole nueva de apartamentos. Al abrir la portezuela de su coche sentía por primera vez, miedo de estrellarse aunque sólo fuese a comprar al supermercado del pueblo vecino.
      Al jubilarse, perdió de golpe su crédito como dentista, pero a la vez se convirtió en el esclavo de todas las aprensiones hipocondríacas de los suyos. Cuando protestaba, reivindicando su especialidad, sacar muelas y empastar dientes, sus familiares lo tachaban de médico egoísta e insensible. Pero si, para quitárselos de encima, auscultaba al nieto que tenía tos, o tomaba la tensión a la nuera, recogía sólo escepticismo. Por supuesto, cuando alguno de los suyos tenía problemas con la boca, iba a otro dentista, con el argumento impecable de que él ya estaba jubilado. El doctor Esparival, en estos casos, asentía y se palpaba las manos disimuladamente bajo las mangas de la bata blanca, que le estaban largas.
      Mercedes, a quien la falta de problemas no había vuelto fatalista, como su marido, sino perfeccionista y por lo tanto infeliz, lo animaba: ahora que podemos, no quiero viajar, Bienvi -volvía a llamarlo así, como cuando eran novios-, pero me gustaría que me sacaras de vez en cuando en el coche. Y Bienvenido las llevaba a pasear a la Alhambra. Hacía años que su cuñada le había quemado la tapicería del asiento de atrás con los dichosos mentolados, y ahora terminó de arruinarla. ¡Bah! Para lo que le queda. Por primera vez el coche del médico apareció con una pátina de polvo, rallado, con las ruedas o los faros (o ambas cosas), flojos. El motor seguía emitiendo no obstante un sonido limpio, regular, y cantarino. ¿Por qué no lo llevas al lavado ahora que tienes tiempo?
      Tiempo, ¿para qué? Bienvenido descubrió la desesperante lentitud de las mañanas sin objeto, la agonía de las tardes, vestíbulo del insomnio nocturno. ¿Tiempo? Reflexionaba con la avidez desesperada de un adolescente; no temía la muerte, a veces la deseaba, o al menos eso creía, pero en cambio le obsesionaba el destino. Por ejemplo, el desahucio de la cochera era la conclusión lógica, normal, de su vida: los hijos se casaron, crecieron; dejaron de ir al apartamento de la playa; él se jubiló y su sueldo, sin complementos ni pagas extraordinarias, se vio seriamente mermado; como tenía más tiempo, empezó a coger el coche más y descubrió que había perdido reflejos y ganado miedo; vendieron, pues, el apartamento; sin éste, el coche se convirtió en un lujo inútil, en un juguete peligroso; por su parte, su mujer y su cuñada se aburrieron de que las llevara siempre al mismo sitio, todas las tardes; los hijos, las nueras y los nietos las entretenían y las ocupaban ahora; el PEUGEOT empezó pues, a pasar días, semanas, encerrado en su plaza de aparcamiento; ahora bien, ¿para qué sirve una cochera si nadie utiliza el coche en cuestión? Conclusión: fue desahuciado de la cochera porque sus hijos crecieron. Ahora bien, como crecer es algo inevitable salvo que uno se muera antes, era inevitable que lo echaran de la cochera.
      Todo lo que es inútil acaba por desaparecer. Tal era su razonamiento impecable.

      Al fin, llegó el día en que debía abandonar la cochera.
      Tras sacar el PEUGEOT que relucía y sonaba como nunca, Bienvenido guardó en un sobre las llaves (una del ascensor y otra de la puerta del garaje), para echarlas al primer buzón, y comenzó a dar vueltas por el centro, sin rumbo. Era lunes y las tiendas estaban a punto de abrir. Pasó de largo ante dos huecos, y tomó la dirección de la playa. ¿Quién viviría en su antiguo apartamento? Seguramente estaba cerrado, estaban fuera de temporada. El aire frío se apelmazaba contra el suelo.
      Las marchas entraban con suavidad. El velocímetro marcó cien, ciento veinte, ciento treinta. Bajó la ventanilla. De repente sintió ganas de fumar. Hacía años que lo había dejado. Salió por la primera vía de servicio, a la altura de El Suspiro del Moro, rebasó el restaurante sin detenerse y volvió a la autovía cambiando de sentido.
      Conforme pasaban los minutos el acceso a la ciudad se fue descongestionando. Bienvenido pensó que era absurdo meterse a aquellas horas en el centro y tomó el desvío del cementerio. Desde allí podía seguir a la Alhambra o bien volver a la carretera de la Sierra. Los ojos le lagrimeaban de frío. El bus urbano que le precedía, parándose a cada momento, resoplando fatigado, le obligó a subir prácticamente en primera. El parking del cementerio estaba completo, también el de los Jardines del Generalife. Decidió no seguir hasta la Alhambra.
      Tomó la carretera vieja, donde cuando era joven había un tranvía que subía hasta Prado Llano. Conectó el calefactor y dejó abierta una rendija para que no se empañara la luna. Tras varios kilómetros de empinadas vueltas y revueltas sin cruzarse con nadie, llegó al primer nevero, absorto en la música que brotaba de la radio.
      Le vendería el coche a Valerio y se compraría un biscuit, como el de Lisboa. Uno de esos modelos diminutos que no rebasaban los cien kilómetros por hora, y que podían aparcar en batería en cualquier hueco.
      De regreso, se le encendió el piloto de la reserva. Las tiendas volvían a cerrar y la gente se apresuraba entre los coches y los autobuses. Al fin encontró un hueco cerca de la calle Alhamar. Se le había olvidado lo complicado que era aparcar sin montarse en la acera ni quedarse demasiado despegado. Dio un pequeño golpe al coche que tenía atrás y rozó la farola fatídica con la portezuela del copiloto.
      La fila de coches volvió a ponerse en movimiento. Bienvenido recordó que había un buzón allí cerca, guardó las llaves y, tras cerciorarse de que la puerta estaba bien cerrada, se alejó ensimismado en sus pensamientos y sus cálculos.

Carlos Almira Picazo

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