Lovochancho entre la muchedumbre de la Plaza Grande, pasa como un individuo grave, patea la ciudad vieja con prosa. Lester González afirma que éste se muestra como un natural de la urbe, -al contrario de Kantoborgy-, cuando serpentea por las callejas coloniales que Genaro Bustamante dice jamás va a abandonar, pues, es de la clase de ciudadanos que practican los principios fundamentales de la no-confusión, o sea se resiste a ser parte de los que confunden, en el laberinto callejero, su pasaje a la libertad interior.
He vuelto a la blancura dolorosa
de las amadas cumbres,
que guardaron con celo
los días de la lejana juventud.
Aquellas blancas cimas que escondían
el milagro indeciso de un tiempo
al que, en vano, persiguen mis palabras.
De antuvión, un hato de reses desciende por el bosque de árboles de papel para internarse en tropel por el pajonal; más abajo el verdor de los valles resume el agua de los últimos glaciares. Y el can atrás de los rumiantes, encendido por el deber y el prurito de expulsarles del jardín bajo las cumbres, cuales se tornarán borrascosas a partir del medio día, según los pronósticos de Kantoborgy.
Ha de ser una tarde magnífica allí en la tierra. Seguro habrá paredes pintadas a manotazos de cal iluminadas de un reflejo púrpura. Tal vez se abra la ventana de un balcón que hacía tiempo no se abría y el ruido de los herrajes secos no llegue siquiera a importunar a los empleados de la morgue o a los piadosos sepultureros.
Descendí. Si algo no defraudó mis convicciones fue que el infierno estaba abajo. Si algo no desmintió mis temores disfrazados de certezas que no me inquietaban, fue que hacia allí iba.
Lovochancho escucha los ladridos de alerta de Pincho, éstos vienen de arriba de la zona que enseña los letreros invitando a los visitantes a disfrutar de los dispersos bosques de polylepis, asentados sobre las estribaciones medias de los montes Illinizas. Avanza por el jardín de musgos y líquenes acariciados por el rocío, los gorriones andinos le cantan al frío amanecer; alzando a ver se encuentra con el sobresaliente cuadro de nubes estriadas navegando en el fondo azur que contiene a las dos pirámides estratovolcánicas. “¡Oh alimento estático del andinista!”, aulló.
Encontré al señor Dumbar en el puente que cruza el río que divide la ciudad del afuera. Hacia casi diez años que no lo veía; desde aquella noche en que dijo firmemente que su idea era suicidarse. Recuerdo que aquella vez había varias personas, pero que fue a mí al único que le llamó la atención aquella declaración.
En la actualidad, los minotauros, los dragones o los cíclopes ya no asustan a nadie. O bien son considerados criaturas creadas por las fiebres del pensamiento irracional, mitológico, o simples malas interpretaciones para las que la ciencia contemporánea ha hallado explicaciones satisfactorias y comprensibles al intelecto.
La idea de lo monstruoso cambia con cada época.
La base 10 no presenta ninguna ventaja especial para organizar jerárquicamente los números. Imaginad, por ejemplo, la base 13. El 13 es un número primo, divisible solo por 1 y por sí mismo. Esto le otorgaría cierta superioridad sobre el número 10, pues la mayoría de fracciones serían irreductibles en un sistema semejante. Con la base 10, por ejemplo, se puede expresar el número 36/100 también como 18/50 o 9/25. Pero con una base prima como 13, estas representaciones múltiples no se darían.
El pájaro del que voy a hablar es el búho. El búho no ve de día y de noche es más ciego que el topo. No se gran cosa del búho, así que continuaré con otro animal que voy a elegir: la vaca.
Quito se descompone en jirones pestilentes. Quito empañada de mugre ensucia las pestañas, hiere los ojos, tintura de plomo la garganta, llaga la piel, acrecienta la tos, acentúa el estornudo, descompone el espíritu de los quitus.
Cuántos seres vuestro alba lamentaron
Aquel verde pigmento os hizo fuertes
Envidió el cruel fagótrofo esa suerte
y en uno fuisteis dos.
Pincho va trotando por el pajonal, se aleja airoso de las voces humanas ya difuminadas con el viento. Igual, por el jardín de chuquiraguas, los bípedos también se han dispersado, cada quien tomará el rumbo que les ofrece esta jornada dedicada a la línea que une a los dos Pichinchas. Nadie preguntó hacía dónde iban antes de romper filas, sin embargo, si hubiese que dar una respuesta sería: aquí no más, a darle una vuelta al Rucu, hasta que llegue el momento de devolvernos a la jamelga promediando la tardecita. Los tres caminantes que van por el filo, abren sus sentidos a la lustrosa dentadura del pico Cundur Huachana. Kantoborgy ha vuelto a su tranco de rigor y se prepara a hacer otras progresiones en el fondo que une el celeste del cielo con las testas grises de los animales andinos.
-Para no oír tus quejumbres, Kantoborgy, te doy una muestra “sangrante” de lo que voy a escribir inspirándome en lo acaecido en las lagunas de El Compadre, ya me dirás qué te parece: …al cabo de dos vivaques consecutivos se acabaron los enlatados de atún que habían traído consigo los excursionistas, sobreviniendo un apetito sin atenuantes y, el Aqueronte, muerto de hambre porque no sólo de alucinaciones vive el hombre, inició una agresión campal en la que mostró lo mejor de sí repartiendo leña como un endemoniado a sus camaradas…
-Lo rebasé al ilustre mucho antes de dar con el filo del cráter –repicó, Lovochancho, y relamiéndose del gusto acota-: Vos tienes el prurito de agotarlos a tus “invitados”, aunque la víspera los enganches con el espejismo que les ofreces, el paraíso de las hurís en la montaña tropical. Mas, apenas posas las garras de tus miembros inferiores sobre terreno irregular te olvidas de su presencia y los abandonas a que se defiendan por sí mismos; si no fuese un veterano asistente a tus banquetes esteparios, ya estaría abrazado a una piedra como tu otro huésped y aullando, “¡ni un paso adelante!”.
Decía Jorge Guillén que hay muy pocos poetas auténticos, y que incluso esos pocos lo son pocas veces. Y algo parecido se podría decir de los matemáticos, y por parecidas razones. Me refiero a los matemáticos “puros”, a los que se dedican a la investigación sin otro objetivo que la ampliación y el perfeccionamiento de la matemática misma.















