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Encerrado en mi cubículo de acero y cemento, de aquellos destinados para los cerebros que se entienden con el silicio, meditaba sobre la posibilidad de lograr la simbiosis perfecta con los circuitos electrónicos. Pero de pronto entré en un estado de ataraxia, recordando aquella vez en la que me convertí en una pequeña esfera de luz, un fotón, que viajaba más rápido que la luz, contradiciendo la relatividad restringida de Hans Koch, apoyado en aquel irreverente físico Magueijo en su teoría de la variabilidad de la velocidad de la luz. Recorría temerariamente el laberinto de tubos de cristal, sencillamente queriendo salir de este universo. Envidiaba a los neutrinos que traspasaban mi energía fotónica sin inmutarse, y claro, si al mismo acero lo traspasan como a mantequilla, si la misma Gea es ametrallada de forma constante en el tiempo por millares de estos fantasmas del universo. Continue reading
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