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Seguramente muchos, tendrán deseos de acabar con mis últimos respiros, antes de que la parca decida llevarme en su lecho, a mi última morada. Seguramente, muchos más, aumentarán el odio hacia mi mente y hacia mi lesionado cuerpo, por las declaraciones que a continuación realizaré. Pero ambos bandos saben que sus opiniones me importan menos que un chocho –así entenderán los de la serranía-. Yo no puedo corresponder a su visceral odio, puesto que, hasta la médula comparto el pensamiento de Nietzsche sobre tal sentimiento: – Uno puede odiar a su par en capacidad mental, es decir, no cualquiera es merecedor a mi odio-. He cometido muchos errores, y es que la carne obliga a tales fallas. Por ello seguramente el populacho enfurecido que antes me apoyó, ahora se ha pasado al blandengue grupo que apoya a Muelabroka, que por si no lo han notado, también es una oscura sustancia encarnada en la biodegradable funda bípeda.
El mayor error, ha sido el periclitar a aquel sentimiento tan detestable llamado –compasión- aquella compasión, que ciega y no permite exterminar a tiempo, a todos los bípedos que no han podido demostrar que pertenecen almenos al homo-sapiens, y por ello se venden a quien mejor paga. Fuerza y coraje me faltaron cuando tenía a la sartén por el mango. Debí mandar exterminar a todos aquellos procreadores de Gogorks y Goras, a todos los tenedores del billuso, a todos los perioverborreos, y vocingleros fatalistas, a todos y cada uno de los mentecatos varados en el tiempo del pseudo-comunismo. Debí mandar a exterminar a todos quienes compartían y comparten su ADN, puesto que el dejar a su descendencia e inclusive a sus ascendientes vivos, es jugarse el futuro, porque de seguro, sus crías retomarían el poder en base a las mismas mañas pestilentes. Aún estoy informado de todo el acontecer de esta republiqueta, pese que mi alias – El Tuerto- revela de mi natural declive. Todavía soy buen gallo, al menos por el lado siniestro, y dije gallo, no lechuzo, y claro, nada de culincho…

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La preparación que los Centros de Estudios Borreguiles imparten, y a veces también la mentalidad de algunos progenitores, hace que nuestros cerebros, procesen únicamente el aparente mundo físico que todas las masas contemplan y sienten. En mi caso, el aborregamiento, no caló hondo, y es que vivía en una deformación espacio-temporal, una granja llena de seres diversos, todos y cada uno de ellos tenían su propio universo; y quien cuidaba de mí, amaba la mecánica cuántica, por tanto, los episodios extrañísimos para muchos, eran explicados matemáticamente con las relaciones íntimas de la materia, de los quarks, de los entrelazamientos es decir el llamado entanglement. Con el pasar de los años, fui perdiendo contacto con algunos fantásticos seres que se aparecieron en mi infancia. Por ejemplo imagine que aquella criatura, Rojinegra que siempre estuvo conmigo en épocas pasadas, dejaría de visitar los parajes de este hermoso animal esférico, que con sus entrañas alimenta a tanto bípedo depredador. Pero justamente hace unas horas, esa extraña criatura , pasó razante y resoplando, es un enorme y escamoso ser, que los humanos de antaño lo denominaron Dragón.
No sé cuál es el objetivo de este Dragón en sus sobrevuelos por Gea. Recuerdo que grabó en mi mente un nombre, claro, única forma de nombrarlo, con alguna palabreja humana, Dark Melquad. Estos poderosos bichos espaciales, utilizan como medio de comunicación, la capacidad que tienen de establecer una resonancia neuronal entre una de sus mallas cerébricas, con todo el cerecate de su interlocutor, de esta forma, los conceptos que conllevan las palabras en los diferentes idiomas, son superfluos e innecesarios. Los sonidos provocados por los humanos cuando articulan algún vocablo, son para los dragones simples ondas sonoras, -grotesco vibrar de partículas en el aire-, totalmente vacías, no son portadoras, en realidad no transportan información. Nuestras lenguas humanas, para ellos, no generan en la red neuronal secuencias vívidas de un objeto, o de un mundo, no hay olor, sabor, no hay video. Son simples palabrejas que por costumbre definen un concepto aprendido a punte guaduazos desde que éramos tiernos monstruosos de escuela. Los bramidos de un dragón son ininteligibles, -sonidos guturales- dirán muchos de ustedes. Por tanto la forma correcta de entendernos con dragones es dejar que nuestras neuronas vibren a la frecuencia que ellos elijan.
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