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…Sobre los bipolares y otros fenomenos de los «Hologramas del poseso y entropía»

Mirando hacia Pashá, no solo con el enfado que un instante de repulsión y náusea pueden causar, sino que luego de la arcada instantánea, lo miró directamente hasta con cierto grado de tristeza, como presintiendo que esta vez tendría que decírselo, – ¡Eres una ficha más en el rebaño! Y luego le diría –no importa, así eres “feliz”

-Entonces, Mitríades Teofrasto, ¿no piensas responderme?

–Ya deja de insistir –comenta Euforbio. Mientras copiosamente bebe cerveza sin importarle lo más mínimo el sospechoso chisporroteo que va a caer generosamente sobre el iris impávido del transmisor de imágenes.

-Vamos Pashá, ¿otra vez con lo mismo? Es ya doloroso recordar las veces que deseas ser revolcado en las respuestas que aclaran tus múltiples personalidades. Según Mitríades y Euforbio, estos re-encuentros hacia lo que se supone que no somos, solamente provocan beber “con ansia loca hasta matar…”

-El sangrante dolor de no saber… -Interrumpe Euforbio.

Se ha quedado a media frase, recordando –dice Pashá- mientras sorbe golosamente del botellón de vino dulce. Sí vino, si es que eso es el tal brebaje que un día fuera licor consagrado para…

Aprovecharse de otros borregos, dilo sin freno Teofrasto –exige Euforbio y continua – luego lanza los dardos, a ver si esta vez nos convences que no solo somos una ficha del rebaño, sino que además de eso, ni siquiera pensamos por nosotros mismos. Y agradezcamos a Doña CoVid que no podemos liarnos a golpes, bueno, quizá sí, una partida en el Torneo Irreal, degustando cada arma, cada tiro, cada sonido de quiebre, cada chisporroteo y rebote de tus entrañas…

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A lo lejos, con la mirada puesta en el negro cielo, camina Salvador. La garúa y los arrebatos del gran Eolo, que festeja su furia en este mes de agosto, seguramente lo ayudan en sus meditaciones sobre Gea y su virus más evolucionado: el bípedo depredador.  Pasa cerca de él una hermosa Galadrina, tardíamente él intenta cambiar de “vereda”, la bella criatura se le acerca, él es presa del pánico, se queda tan tieso como una roca, el viento hace cabriolas sobre su cuerpo y ruge, -Eolo también se burla de su timidez-, incapaz de moverse o articular palabra alguna. La doncella le pregunta sobre el tiempo, y Salvador enrojece, -se achola como dirían los de su pueblo-. Ella espera la respuesta con extraña paciencia, mientras Salvador musita que no lleva reloj y…, sus labios tiemblan, mientras su rostro inicia a lo grande el proceso de enrojecimiento, ella sonríe causando en él un extático espasmo… Al retornar del fugaz viaje se enfurece, cree haber sido una estatua durante eones siendo contemplada por ella, la garúa sobre su rostro se evapora, no quiso explicarse con la doncella, y emprendió veloz carrera hacia “abajo”.
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