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El ajetreo citadino generó la presión que se debe liberar únicamente en una fuga rápida a la montaña. No asistí a los 48 años del CAP, donde aprendí lo necesario para moverme en los terrenos fronterizos de las alturas, donde hice y sigo haciendo buenos amigos, ahora que he retornado para disfrutar de la buena compañía y una que otra escapada a los Andes. Aprendí a usar y armarme con toda la ferretería y parafernalia de Caballero de los Andes, aprendí en las ahora salidas de ensueño, y de esas enseñanzas cuyo fruto perdura como las vívidas imágenes de los recovecos y turgentes formas de las montañas. Una bella adicción.
Cómo no recordar al CAP, sus historias, a sus gentes, sus rutas y hazañas de montaña y sueños. Si no fuera porque hay más locos como yo en este mundo, quizá suficientemente cuerdos como para permitirnos un poco de locura, y a la vez testarudos para no dejarnos embaucar por la cordura de esta vida «moderna»; probablemente jamás hubiese ollado las cumbres, que hoy al volver a recorrerlas solo o en compañía, siguen saturando a nuestro ser de emociones indescriptibles con el lenguaje humano.

Emprendí el vuelo, como tantas veces, hacia la cumbre del arácnido Cotopaxi, sus deshielos que lastiman y recuerdan con feroz lenguaje, lo que probablemente, más allá de los procesos volcánicos naturales, es sin duda el efecto y huella del antropoceno. Se suponía que la bella amiga Anette me haría compañía, «…un poco de celos le caerá bien» me había dicho haciendo mención a su bípedo compañero. Como no me fío de sus correrías de triatlonista, tuve la precaución de invitar a alguien más, que según mis cálculos, le haría compañía pues por seguro tenía, que en los primeros prolegómenos del ataque a la cima, iban a mandarse cambiar al refugio, que por cierto, ahora es realmente un refugio: buena comida, buen ambiente, poca gente, es decir par cordadas más y los amigos que atienden los menesteres del mismo; camas nuevas, olor a madera, colchones nuevos y bien forrados…almohadas..baños limpios …un lujo. El solo recordar cómo era en tiempos pasados me llenan de espanto y malos olores y humores.
Llegamos al parqueadero sobre los lomos del veloz y estable Pacazo; luego de haber tenido casi, un mal rato con los guardaparques y los señores del Ministerio de Ambiente, quienes intentaron la osadía de alzar la cola de mi Pacazo a ver si en su interior portaba las armas de Caballero de los Andes (piolet, crampones, cuerda…); tan terrible sería la cara que les puse que optaron por la segunda prueba: «¿su carné señor?» -al cuerno- respondí, -el mismo día que el CAP me lo dio, siendo la primera vez que carnetizaban a los socios, lo he perdido …y a la final solo voy hasta el cráter y luego me regreso, y para lo más de eso siendo viejo en estas artes no necesito ni de guía ni de carné …ni de papeles, es más, ni chofer profesional necesito puesto que mi Pacazo solo se deja conducir por andinistas, y los que conozco no son choferes profesionales …así que adiós-. Y raudo y veloz montado sobre los lomos del Pacazo pasamos el control… bueno, la verdad es que sí dejé el papelucho que libera de responsabilidad a los burócratas en caso de que decida liberarme de esta funda psico-bio-degradable. A propósito, hay que tener la decencia de no dejar un mal aspecto en la montaña, hay q abandonar la cárcel corpórea en las profundas fauces una grieta.

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