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Nombre que es la ruta por la cara oriental del Cotopaxi, volcán ahora en «erupcción», cientos de veces intentada.

Las Ruinas de Galadriel es el libro cuarto de cinco creaciones literarias de vanguardia, aunque este calificativo suene a vulgaridad dado el intenso mal uso que se le ha dado con las “obras” que las revistas y periódicos en Ecuador recomiendan a la masa de ávidos lectores por la auto-ayuda y el facilismo aborregante; y que por ellos sí pagan lo que el negocio demande, y no se andan con remilgos pidiendo que se los regalen.Esta obra es la la antesala de su último libro La soledad del murciélago obra que el autor Juan Arias Bermeo denomina El pentalibro, y no es precisamente el caramelo que se disuelve pronto en la imaginación de los lectores novatos, no es pues una obra para aquellos con poca experiencia en el arte mental de dejarse embeber por las letras, las ficciones y los estados mentales de una literatura dura. Las Ruinas de Galadriel son ante todo el almíbar que inscribe y circunscribe las experiencias del humano que ha tomado real contacto con GAIA, de aquellos que en su trajinar de duros lectores han logrado el éxtasis mediante el repaso a veces maniático de las frases que engendran ideas insospechadas para el mismo autor.

La inclusión de una radio dirigida por un excéntrico personaje, Olegario Castro quien resume el final de su época de montañero dejando que las ondas portadoras de experiencias propias y ajenas, sublimes y cotidianas, concede un brevísimo escape al frenético ritmo de una relato de horas que parecen estrictamente mentales y no la descripción de los circunloquios personales y de dos criaturas bípedas despidiéndose al pie de una descomunal montaña, yendo cada cual a cumplir su cometido; Kantoborgy en soledad absoluta pues queda acompañado de sus múltiples monstruos dando fiel cumplimiento a lo que dice el autor del libro: He ahí el secreto de la religiosidad: uno mismo cargando el templo, el sacerdote y el feligrés.

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He vuelto a merodear por los glaciares de la bella montaña Orcón, el placer que causa escalar en sus hielos, o simplemente regodearse en su nieve no se puede explicar con el lenguaje humano. En esta ocasión Eolo decidió resoplar furioso durante el ascenso a la cumbre, como si no fuese suficiente el que siempre tenga que andar mascullando la infelicidad metafísica , por ello de estar encarnado en humano siendo un dragón, un ciclo de sueños que nunca termina, y que al despertar la mente confundida busca las formas dragoniles en un reflejo de cuerpo humano sobre el espejo . La escalada hacia el cráter cimero se convirtió en una lucha contra Eolo, y sobre todo en un intento por no descender gélido a visitar las pailas de Luzbel.
Qué paliza la que recibí desde las primeras horas de la madrugada hasta la llegada del alba, anhelaba una piel de dragón que evite el dolor que se siente en una mano congelada debido a que olvidé los mitones y también porque me salí de la ruta para darle de pioletazos a una pared de hielo tratando de evitar que mi mente empiece con el monólogo ahora ilustrado con imágenes imposibles. Salí de la pequeña pared para recibir indefenso el bofetón del fúrico viento cargado de nieve polvo, terminé cuarenta centímetros hundido de espaldas sobre la suave nieve pastelera; entre la neblina el negro cielo dejaba que un lucero avergüence la luz de mi linterna frontal, mientras que un cantarino sonido imaginó mi mente engañando el oído con un leve susurro “entras a mis ojos para acariciarme entera, con energía y sutileza” Es placentero imaginar que cayendo en los ojos de una sin par doncella en algo he alegrado su existencia. Busco en mi cuello el cordino del cual pende el último recuerdo recibido, una pastilla con toda mi información, entonces me incorporo veloz antes de caer en el sueño profundo y placentero de las alturas. Empiezo a caminar mientras gruño por el estado de la nieve que a cada paso me devora hasta la rodilla, en unas horas, jadeante llego al cráter, para no verlo, está cobijado por una densa niebla. Confirmo que hoy veré solo a mi sombra proyectada sobre la cima de la montaña por un débil Helios, que decide derrocharse sobre la gélida cumbre, con este clima no veré a las sílfides danzando y entonando bella música para una ausente Galadrina.
Inicio el descenso, el sol toma fuerza, se enfrenta al enfadado Eolo y le gana esta batalla; entonces el día se tornó maravilloso, una recompensa de paisaje y formas gélidas sin igual, un irresistible laberinto de grietas y seracs que invitan perderse en sus entrañas. Mientras planeo como un niño alguna travesura, echando mano de los tornillos para hielo, encuentro unas huellas siniestras que me retornan al pasado inmediato y entonces recuerdo que salí un día viernes de la ciudad en busca de las montañas con un desenfreno incontrolable, necesitaba el reencuentro con lo que mi mente asume que dijo una bella dragona antes de partir a cuidar de su tesoro, “Kantoborgy, tienes sueños, montañas e historias”. Continue reading
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