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…a la civilización.

Feliz retorno desde el caos “moderno” a la vida en los bosques.
Obsesionado por saber el cómo va la vida en las grandes urbes humanas, inventé un trabajo para mí; una tarea que conlleva visitas anuales a las ciudades. Un auto-empleo que no me obliga a ponerme un ternito barato como el que suelen usar los burócratas de medio pelo; me visto como se me viene en gana, desnudo también quisiera poder desplazarme, porque el calor en este pedacito de planeta llamada la capital equinoccial, es a veces aterrador, a uno le salen pecas por doquier, luego de recibir el brostisante sol canicular. Cuando voy al manso Guayas o al Candente Toboso, en busca de refrescar mis recuerdos por una ausente Dulcinea, para tomar la fuerza de mantenerme en este empleo, y así poder regresar al infierno diario con toda la fortaleza y capacidad de mofa, es diferente, pues allá el calor es soporoso, humectante hasta la médula de los huesos.
El trabajito que me inventado, del cual no percibo una sola peseta, es el de perseguir para documentar a un grupito de prolijos hackers cibernéticos, que algo están cocinando en esas mentes enmarañadas y bastante entroncadas, o mejor dicho, amalgamadas con los “seres” de silicio cuyas cadenas de sintaxis permiten al actual hombre moderno producir las cositas necesarias para su “felicidad”, al tiempo que, dejan su huella en esta era geológica que es la del Antropoceno.
Sumergido cual transeúnte común, al fin diviso a unas cuadras al primer hacker, va presuroso, mira en derredor cada cierto tiempo, parece que tuviese incorporado un servomotor en su cuello, o será que logró alguna sospechosa simbiosis con los camaleones. ¡Qué calor! Y encima vamos cuesta arriba. Trato de alcanzarlo, pero camina como poseído, toma rumbo directo al Domo del Panecillo, allá donde el excéntrico señor Olegario Castro habita -¿será que son amigos y en contubernio tienen algún diabólico plan?- me pregunto mientras aseguro el no perder de vista al endiablado hacker. -¡Estás loco de remate!- le grito, tratando de que por ello se detenga, pero claro, él no me ha escuchado, o tal vez me evita a propósito. Se lanza a trepar cual geko por las paredes que conducen al Panecillo. Ahora se ha detenido, me mira fijamente, y decide soltar una gran carcajada, me grita -si escalas la pared, entonces te espero- y bueno, no soy un experimentado ochomielero, pero tampoco me dejo amilanar ante el reto. Sudoroso busco apoyo en las minúsculas presas, pienso que el resbalón podría significar mi muerte, una caída de dos metros sería suficiente para terminar desmuelado o desnucado, vergonzosa manera de morir, justo aquí, en la carita sucia de dios, en esta ciudad serpiente que hace honor al ruido, al humo y a la basura. Otra cosa sería desabarrancarse allá en el Chiriculapo, terruño de la bella Carmela, que ahora mismo debe estar gozando de un chapuzón en la pelágica laguna Pelancocha, huyendo de las miradas amorosas del renunciante Teófilo Samaniego, y sumergiéndose en la primigenia visión del lagarto Pablito; algún día iré a su encuentro allá en la hostería Remoto.

Termino con la dichosa pared de ciudad, para encontrarme con el hierático hacker Salvador, quien advierte:
–Ya sabes, Leopardo, no puedes venir conmigo al interior del Domo, Olegario es receloso en extremo, y más ahora que el buscador de extraterrestres el Dr. Duvolovsky pretende espiarlo, pues sospecha que el domo es una Estación de Tránsito para viajeros espaciales.
-Entonces, dime Salvador, ¿está todo listo, hoy liberan al virus que acabará con el mundo moderno?
-Regresa a tus montañas, Leopardo, allá la vida es realmente exquisita; a partir de hoy será más seguro sobrevivir allá en la inóspita selva o montaña, que en las condenadas ciudades. Debo reconocer que con dolor casi preternatural -como dicen los dragones-, destruiremos al mundo cibernético que hace posible esta “civilización, feliz y moderna”. Ya no tendrás que venir a las ciudades a cumplir con tus ritos de observación; aquí, luego de que el virus apague toda la modernidad, será un lugar peligroso en extremo; los citadinos se convertirán en antropófagos luego de que el caos se incremente al no tener comida ni bebida, o serán exterminados por las pestes bacterianas. Aquellos como el Murciélago González que a tiempo voló hacia el sur, están a salvo, regresaron a tiempo al campo, a la vida simple, a la felicidad junto a una generosa campesina, quien lo alimenta de arvejas con guineo y aguacate todos los santos días. Él, ahora mismo debe estar reclamando: “Adelaida, tráeme el repe”.
-Gracias por el consejo señor hacker, prevenido estoy de la hecatombe que se viene. No he estado tan lejos de la fecha planificada para el final de los tiempos, de algo ha servido bajar desde las montañas y jardines de Gaia, a este infierno. Tú también deberías ir a por tu Galadrina, ráptala a tiempo y sube a las montañas, baja la selva o devuélvete al privilegio de la vida en las islas encantadas.Qué tipo tan díscolo este Salvador, de pronto enmudeció, en su mirada la luz se iba hacia la oscuridad eterna de sus recuerdos, de seguro tuvo un instante ataráxico al mencionarle a su innombrable. Y también fue un acto espontáneo por mantener los secretos de su cofradía de hackers, ante el inquietante ambiente que de repente se formó. Ambos sentimos la presencia del Dr. Duvolovsky. Don Olegario obviamente no asomó, pero de seguro estuvo vigilante, convencido estoy de que en su radio Marañón, esta noche lanzará el ultimátum, al tiempo que el hacker logueado con el usuario de máximo poder llamado “root” ordenará mediante su indescifrable shell script, que se apaguen todas las centrales de producción de energía eléctrica del mundo, nunca más tendremos acceso a la red de redes, el ciberespacio se desvanecerá. No podremos hacer uso ni de una licuadora. ¿Quién podrá leer las novelas inéditas publicadas por la casa editorial Bípedos Depredadores? Cuando las baterías de sus lectores digitales se agoten y no exista más un reemplazo, y la internet desaparezca con todo su contenido. Quedan los románticos libros delicadamente impresos en papel que la editorial publicó, cálido recuerdo de un mundo aplastado por la tecnología.
Bajo despacio por estas callejuelas atestadas de autos y gente frenética. Llega la media noche, y la oscuridad vuelve a enseñorearse del planeta. Contemplo extasiado desde mi vivac sobre la cumbre del Rucu-Pichincha, que la serpiente luminosa ha muerto, las estrellas se muestran radiantes, abajo reina el silencio, mañana inicia el caos.
Amanece, helios luce espléndido. Demasiado radiante. El cielo con un degradé rojizo denuncia a la vida bullente en el planeta tierra, que una tormenta solar acabó con toda la tecnología humana. No funciona mi gps, tampoco mi súper reloj montañero. Los ciudadanos salen inquietos, la falta de dosis mañanera de televisión termina por desequilibrar su calma. De a poco se van congregando en las calles desiertas de autos; el ruido de fondo es de origen orgánico, son los gritos aterradores del hombre-cosa que ha perdido su felicidad basada en la tecnología. No hay forma de enterarse si con el resto del mundo civilizado pasa lo mismo; tampoco sabré jamás, si el virus lanzado por el hacker tuvo tiempo para neutralizar a los sistemas informáticos que controlaban casi todo en este mundo de modernismos tecnológicos, antes de que la tormenta solar hiciera de las suyas. Al menos sé que provocó el primer apagón … mundial.
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