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EN BUSCA DEL EXTÁSIS (I)

“Hoy el hombre va en busca de la naturaleza salvaje
para conquistar los últimos rincones de su alma desconocida, oscura y olvidada.”

Reinhold Messner

Avanzo obstinadamente, soy una máquina de arrastre, un cordón umbilical me ata a Payik (furibundo ser de reptiliano rostro, que no es completamente de carbono, tiene mucho de cibernético), y por medio de este cordón también estoy amarrado a la desmesurada masa corpórea de Guslam, cuyo rostro se ha tornado púrpura, por causa de la hipoxia, y eso que tiene medio cuarto de pulmón en silicio puro.
Guslam tira de mí como seguramente lo hace un agujero negro con el deslumbrante chorro fotónico, la luz. Avanzamos por las pendientes de hielo roca y nieve hacia la casi olvidada cúspide de la truncada pirámide cimera de la montaña Horcón; y mientras arrastro a los compañeros de cordada, recuerdo que se pensaba que los deseos frenéticos por subir montañas se verían disminuidos en quienes tuvieran implantes de silicio a nivel cerébrico, pero no es así. En la gran mayoría de montañeros, que sufrieron operaciones modificatorias a su estructura orgánica, sea para salvar su vida, o porque solo requerían más memoria de almacenamiento, o porque deseaban incorporar en su humanidad la posibilidad de reproducir música, disfrutar de videos directamente inyectados a su red neuronal, ver mejor y más lejos, o sencillamente degustar de los placeres de las endorfinas que a raudales segrega la red neuronal cuando es excitada por circuitos de silicio (es decir, por lo que fuere), en ellos nunca menguó el deseo de ir tras el peligro, de conocer sus límites en la zona de la muerte de las altas montañas. Y es que en su gran mayoría, los verdaderos montañeros son aquellos quienes desde su infancia se dejaron deslumbrar por las Montañas y Jardines de la sin par Gea. Es de suponer, que siendo ahora de un alto porcentaje de silicio, seguirán teniendo irrefrenables deseos de estar en una montaña, regodeándose en sus laderas, caminando alrededor de sus enormes pies, o alucinando sobre su cumbre.

En el silencio de las primeras horas del día, escalamos cada cual ensimismado con sus tormentos. Para mí, inicia el tormentoso proceso del arrepentimiento por no subir solo, la incesante búsqueda de la soledad lacera mi mente por traicionarla una vez más. Luego, siento náusea y pavor, porque es probable mi arribo al punto final, y quisiera que el proceso de ascensión jamás acabe, siento que es de lo más placentero avanzar eternamente.
Lo peor de toda esta eterna disconformidad es llegar al soñado lugar de mi niñez, acompañado junto a otros seres […] aunque no sean cien por ciento humanos, ocupan mi espacio, y perturban mi mente.
De repente Guslam nos advierte:
—Obe, acelera el paso, pues estás sobre la última y descomunal
grieta cimera, cuyo puente aguanta, pero no debes tentar a la suerte; si continúas así de lento, al infierno iremos contigo.
—Y tú, Payik, asegura la cuerda.
Descarada me parece la interrupción de Guslam, si la altura no afecta mi memoria, he venido arrastrando sus cuerpos desde
hace horas, y todo por mi obsesión posesiva de estar sobre sitios casi vírgenes, y en el menor tiempo posible, y claro, también con un buen peso sobre los hombros que sirve para castigar al cuerpo. Sobre mis lomos se adormece la pesada mochila, va llena de antigua ferretería, de aquellos implementos que usaban los montañeros clásicos, y también de un poco de comida. Y es que en realidad parece que padezco de sana envidia por los Yaks (es ya una penitencia de nacimiento la que tienes —me decían los viejos y lerdos montañeros), bellos y nobles cuadrúpedos del Himalaya, todo de ellos sirve para la existencia de los Tibetanos y Sherpas.
Sí, realmente es una obsesión posesiva la de estar en lugares donde pocos o ningún bípedo ha posado su obscena osamenta,
llegar a estos parajes desolados con el cuerpo sometido al límite, para que el espíritu se revele.

Cavilo algo más sobre el calificativo de lento que me ha endilgado Guslam; me pregunto qué epíteto se hubiese ganado Lovochancho, criatura semi-feérica, que vagaba por las montañas en compañía de un dragón, también encarnado en cuerpo humano llamado Kantoborgy. Lovochancho, cual mula taimada, a cuatro patas solía quedarse con sus jadeantes pulmones, justo en medio de los puentes de las grietas, grandes, enormes, o diminutas, todas iguales para su especulativa mente. Siempre divagando en quién sabe qué mundos oníricos.
Miro de reojo a Payik, quien maneja la cuerda como lo hace un cirujano con el bisturí. La cuerda es el cordón umbilical que une nuestra existencia sobre la Montaña, y cuyo objetivo es elevar la posibilidad de un rescate efectivo, de cualquiera de nosotros que podría resbalar o caer en las fauces hambrientas de alguna traicionera grieta del glaciar. También la cuerda, ésta con la que ahora formamos una cordada de tres, servirá para armar el rapel que permitirá obviar una desescalada complicada y melindrosa en tan duro hielo vertical, descenso que más adelante habrá que negociar. Con estos implementos hoy arcaicos para subir montañas, es que debemos realizar la escalada, sintiendo el esfuerzo que hacían los pioneros en este sublime modo de vida que es el subir montañas, un esfuerzo mental y físico. Qué fácil sería hacer uso del material fantástico que hoy la tecnología pone a disposición de los montañistas extremos, la cuerda, que de a poco empieza a volverse inmanejable por las bajas temperaturas, por la acumulación de hielo en su cilíndrica superficie, fue reemplazada por un lazo de vida, que alumbra en la noche y siempre está a la temperatura correcta (si la frotas te calienta las manos), tan liviana como el una ligera brisa, pero resistente como un cable de acero.
Parado sobre el labio de la grieta, con asombro mi mente recita ¡Oh gélida belleza de los abismos! al tiempo que Payik con guantes de operar acaricia la cuerda mientras la deja deslizarse por las entrañas del grigri, que sirve para asegurar los pasos difíciles, parece que va sintiendo en la cuerda los miedos y alegrías de los compañeros de cordada, su manía por la auscultación de sus pacientes usando el tacto, lo llevó a incorporar bajo las yemas de sus dedos censores de silicio que posibilitan captar las casi imperceptibles variaciones electromagnéticas del cuerpo humano, y así enviar a su cerebro de médico, más información que le permita dar un certero diagnóstico. Ahora, usa sus manos robóticas sobre el equipo de montaña, el supone sentir cosas, que son prohibidas para nosotros bisoños en psicología y en el arte de sentir e interpretar las vagas señales cuánticas del intenso y continuo intercambio que existe entre toda la materia del universo.
De repente, Payik, cae en cuenta de que lo he estado mirando, algo masculla entre dientes, supongo que podría enojarse y entonces marcarme un par de puntos en la piel perforando mi única y antigua chaqueta de Gore-Tex, con esa triada de láseres que los amigos comentan se ha hecho incorporar en sus pupilas.
Atento a todo, Guslam percibe que Payik podría usar sus ojos láser y terminar por quemar la cuerda, entonces dice:
—Payik, deja que el novato te mire de vez en cuando, todavía no es muy común ver una especie de androide como tú.
—Silencio señor Guslam, que interrumpes el flujo de información que percibo de la cuerda, además, tú también tienes silicio en tus entrañas, incluso más de lo que tiene un ordenador; yo se bien que te metieron en el cerecate una antena satelital con GPS incorporado, con lo cual saciaste esa malsana ansia por llevar el histórico en el Google Earth de tus desquiciados recorridos por las más horrendas y pobladas urbes de este planeta. Y eso no es todo, —escucha Obe—, que Guslam tiene muchos cúmulos de neuronas de tipo híbrido, es decir se dejó meter nanobots para encapsular neuronas y con ello sacar imágenes cerebrales, de sus pesadillas cruentas y tenebrosas, para mandárselas en tiempo real por medio de su cabezota de antena satelital a quines manejan por él su blog en la Internet, para que los observadores de la vida ajena, que son sus amigos del Facebook, del Twitter y demás redes sociales del chisme y de la vida ligera, vean al gordito Guslam actuando en tiempo real en todas sus correrías. Acaso, novato, no te has dado cuenta que Guslam, se nos queda mirando justo cuando estamos en algún paso difícil de la escalada, sus ojitos vibran llevando a raudales las señales electroquímicas que los nanobots procesan y tuestan como imágenes para generar el vídeo que su cabezota de antena satelital enviará, a sus amigotes del Facebook, quienes de seguro estarán mofándose de nosotros y llenando la Internet de comentarios […] pueriles, por decirlo amablemente.

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