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El niño dragón
Extraviado de la corriente del mundo cotidiano de secuencias casi funambulescas; ido, en un arrebato mental y físico, jugaba Kantoborgy entre los gigantescos árboles de eucalipto, pinos y cipreses. Ausente perfecto, aplicado en olvidar las normas de este mundo gobernado por bípedos depredadores.
El griterío de los guaira churos, aquellos pájaros de enorme pico, plumaje amarillo con negro y puntos blancos, al igual que el triste lamento del pájaro hornerito llamad lapo, que hace su nido de paja y lodo, bareque, como el hombre lo llamaría luego y copiaría de ellos, de natura, la técnica depurada para fabricar las primeras casas antisísmicas de los andes ecuatorianos, no lograban distraer al pequeño dragonzuelo, sino que más inspirado sentíase con aquellos sonidos del bosque habitado, para dar rienda suelta a sus incesantes juegos de imaginación.
Kantoborgy extasiábase mirando al pacazo Lucio en su nadar sobre el espejo de la laguna Lágrima, en busca de alguna apetitosa carpa. Su capacidad de asombro estaba en su clímax, fértil cerebro, mente sin la contaminación y adormecimiento que emana a raudales ignominiosos aquella infernal y maldita caja llamada “televisión”. Lucio el Pacazo, se escondía tras la enorme figura de la barca Tortuga a esperar que Kantoborgy suba a lomo de la barca, y entonces asomarse de golpe en espera de lograr más que un susto al pequeño dragón, festejar y reír a panza rugiente si Kantoborgy terminaba en las profundidades insondables de la laguna Lágrima.El niño dragón, hacía uso de los poderes de los de su especie, confiando que los mismos eran producto de su onírico mundo, aguzaba su mirada en busca del Pacazo, sin perturbarse por el reflejo que de sus ojos hacía el espejo de agua, la laguna lágrima reflejaba tres pupilas diminutas que aleatoriamente formaban un asteroide y luego una lemniscata, el iris tornándose ámbar y canela, esmeralda y zafiro. La piel de Kantoborgy reflejada en la laguna era un tapiz tetra dimensional de dodecaedros platónicos, cuyos lados en grupos impares tomaban el color de la miel de los oyotongos, mientras que los grupos de lados pares eran del color de un rubí.

Con esa mirada especial imaginaba ver al Pacazo tras la barca tortuga, en realidad veía. Entre su imaginación y la realidad terminaba confundiendo las percepciones de los de su especie, así que montaba a la barca dando una pequeña oportunidad para que el Pacazo se izara sobre las aguas y mostrara todo su corpulento cuerpo de reptil de río, e intentara coletear con ferocidad a la barca(…) o al mismísimo Kantoborgy. Luego sobre las agitadas aguas de la antes mansa laguna Lágrima, iniciaban los juegos de persecución y captura entre aquellas dos especies rivales desde los arcanos del tiempo.

Los juegos infantiles, en los que prima la imaginación, y la capacidad de cambiar la realidad, provocan un deliciosos aletargamiento, el deseo de dormir y seguir soñando lleva a Kantoborgy a recostarse en su barca tortuga; mientras el pacazo Lucio entiende que las horas de juego han llegado a su fin, también él va en busca de la orilla, trepa ágilmente haciendo buen uso de sus garras prehistóricas en la enorme piedra en forma de batea, allí descansará y recobrará la fuerza para otra batalla, la inconmensurable ola de neutrinos prodigados por el astro rey son el combustible de recarga por excelencia para sus músculos reptilianos.
Las aves del bosque regresan a sus labores, ya no hay batalla que contemplar, su trinar profundiza aún más el sueño del niño dragón, éste se sumerge en el laberinto de la inconciencia, medra entre el distorsionado universo de los recuerdos, a ratos, se sacude involuntariamente ante las imágenes de sus sueños. Entrando en la zona profunda del mundo onírico, Kantoborgy recuerda que fue hace poco, cuando se quedó dormido sobre la copa del árbol de capulí, subió a éste con un objetivo claro, trazar un mapa de los lugares por donde la familia de las Guineas, bajo el mando del ansioso gallo Culincho, deambulan en busca de camorra, pelea, sí porque desean enseñorearse sobre el resto de aves que habitan la mágica estancia, La Cuadra. Una vez llegado al punto más alto del árbol de capulí, quien todavía no era niño dragón, sintiose pesado, aplastado por una gelatinosa masa incolora, sin sabor, sin olor; sencillamente fue como salir de su universo tetra dimensional para caer en el embudo giratorio de un mundo de más dimensiones, un lugar en el cual se podría observar a las criaturas que medran en el exterior de nuestro mundo. Los habitantes de estas dimensiones se perciben con todo el sistema nervioso, los lenguajes humanos, los sonidos, las gesticulaciones son innecesarias, todo se transmite y entiende mediante la radiación electroquímica. Bajo el árbol de capulí, el cuadrúpedo grasiento llamado Fox, ladra incesantemente, siente a los que acechan en el umbral de este mundo, teme por Kantoborgy, pues éste ha caído en un profundo sueño. Fox no teme que Kantoborgy descienda como presa y se despedace en la caída, pues el árbol es muy alto, sino que teme por su escape mental, por las consecuencias de contactar con criaturas de otro mundo. La percepción del can es superior al que tiene el común de los bípedos depredadores del momento, los humanos.

Kantoborgy en su dormitar profundo sobre la copa del capulí, presiente a la criatura que ha salido del infundíbulum cronosinclástico, quien ahora lo mira desde arriba y merodea sobre su rostro y cuerpo, mientras proyecta un infinito degradé de luces turquesa, de pronto Kantoborgy abre sus enormes ojos, con ello, deja entrar la amorfa sustancia etérea, sin terror, sin espasmo, sencillamente aceptando que la naturaleza tiene sus misterios, y reconociendo que quien entró por sus ojos y tomó posesión de su instancia cerebrica, era él mismo, convencido estaba de que en sueños simplemente salió a recorrer los incomparables jardines de La Cuadra, volando a placer sobre las copas de los árboles de Pico – Pico, que generosamente le regalaban los colores de sus frutos y los aromas de sus flores, siguió volando y fue a regodearse en las ramas del enorme Nogal, que en la noche cobija a la manada de Guineas, más durante el día es la guarida del rey de los gatos, el señor Melkor de Esargoth, éste no se erizó simplemente ronroneó presintiendo el vuelo de Kantoborgy, quien acaricio el hermoso pelaje del felino.

Recuerda Kantoborgy en su sueño profundo sobre la barca Tortuga, las nuevas sensaciones experimentadas mientras dormía sobre la copa del gran capulí; una de ellas era producida por las ondas sonoras al chocar sobre su piel, luego pasa a sus oídos y el cerebro decodifica y aclara que es la energía sonora que atravesando el aire chocan y se amortiguan sus electrones sobre las ahora súper sensibles escamas diminutas que cubren el cuerpo del niño dragón.
El cerebro de Kantoborgy empieza a reordenar la red neuronal, hacen falta más conexiones para procesar y decodificar las señales de todos los nuevos transductores sensoriales de su cuerpo, el sonido y la luz que provienen del mundo exterior a su funda orgánica, ahora se constituyen en avalanchas de información, que pese a estar muy amortiguadas sus ondas portadoras por el efecto Doppler, son decodificadas y enviadas al cerebro mediante señales fotoquímicas por las escamas tipo hipercubo.
De repente siente ardor en sus ojos, la masa etérea termina de entrar y ha tomado la forma de un feroz dragón en su interior. Despierta, por el atronador llamado de su padre, éste ha llegado como siempre haciendo estallar el aire con su voz. Fox calla, al fin retorna a la cordura, se sienta y espera la orden del padre de Kantoborgy, quien únicamente llama a su crío para que baje del árbol, que ese no es sitio para dormir, le increpa que no es ningún mono para andar colgado en las ramas. Kantoborgy finalmente despierta con la extraña sensación de que ha hecho de las suyas revoloteando por toda la Cuadra, persiguiendo a dioses y demonios.

Despierta también el niño dragón de su profundo dormitar sobre los amplios lomos de la barca tortuga, y como sucediera hace ya muchos días al despertar luego de el extraño suceso sobre la copa del árbol de capulí, otra vez se desconoce. Se extraña de no ver el campo de luz rodeando su cuerpo, los colores ámbar y cian que emanaban sus escamas híper cúbicas no están. Lucio, el pacazo duerme, Kantoborgy lo mira y se asombra, siente los horrores antediluvianos en los sueños del reptil, las imágenes y sonidos de aquellas remotas épocas retumban en su red neuronal, toma las escenas como si fuesen nubes de colores y las lanza sobre el espejo de la laguna lágrima, se espanta al ver que en realidad son las tres niñas de sus ojos que en forma de un astroide giratoria están proyectando a manera de película los recuerdos mentales, los sueños de Lucio, de manera nítida se proyecta sobre el tapiz de las aguas en calma. Tiembla Kantoborgy al mirar su reflejo sobre la laguna lágrima, sus orejas vibran casi imperceptiblemente, de ellas emergen las ondas de audio de un mundo pretérito, roncos gemidos de una Gea naciente, atronadores voces de los flujos de electrones presionados por un inconmensurable voltaje que los hace correr y chocar para producir la luz que divide la oscuridad. El espejo de agua tiembla en su tentativa por retener los flujos de energía que provienen de Kantoborgy.

Fugaz tiempo de ensoñar. Las transformaciones del niño dragón doblan el espacio-tiempo, se dilatan las horas en su nuevo mundo, tras las puertas acechan extrañas criaturas, ahora en el mundo del bípedo cae la noche, Kantoborgy está en el centro del bosque de la Cuadra, oye el llamado de su padre, éste como siempre busca a su crío por todos los recovecos, sabe lo travieso que es, lo acompaña el señor de los gatos Melkor De Esargoth. A lo lejos se escucha los ladridos de Fox, cumple penitencia, está coartada su libertad por la osadía de dar buena cuenta del avezado ganso, quien otrora cuando el can era apenas un mozo de tres meses, castigo a picotazo y aletazo, por plantar su lobezna mirada sobre las princesas de su harén.

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